Fernando Cuesta: Un militante marcapunta y una pelota con alas

Fernando Cuesta: Un militante marcapunta y una pelota con alas

Esta es tan solo una parte de la vida de Fernando Cuesta. Un formidable marcapunta. Pasional, aguerrido, uno de esos que nunca, ni dentro ni fuera de una cancha, se dan por vencidos. Un militante gremial, político y social que no abandonó jamás sus ideales, que no traicionó, que no se traicionó, que es pura coherencia y entereza ideológica.

24 de marzo de 2021

“Camina tal vez encuentres un amor

Sueña, soñar con algo es lindo hoy

Encuentra el camino perdido,

deja en el olvido quién eres hoy”

Ricardo Cuesta

 

Aquellos que somos fieles admiradores de los equipos que pregonan una irrenunciable vocación ofensiva, ponderamos el incasable trajín de los marcapuntas que traspasan las fronteras de la mitad cancha con ínfulas de wines setentosos. Futbolistas con oficio en la marcación sobre las bandas del campo de juego, osados equilibristas que corren sobre la cornisa del terreno para sumarse una y mil veces al ataque en campo enemigo.

 

El Flaco Menotti entendía, por ejemplo, que la subida de los defensores debía ser un factor de sorpresa. “Primero hay que saber para qué suben. ¿Para distraer? ¿Para definir? Hay defensores con 15 años de primera división que nunca estuvieron delante de un arquero. Si lo hacen volvemos a jugar con el azar por qué, aunque queden en situación de gol, muy difícilmente podrán resolver bien esa jugada. Todo esto hay que razonarlo para saber quién debe subir y con qué función”.

 

Defensores que no renuncian jamás al desafío atacante que proponen los centrocampistas, cancerberos que nunca se dan por vencidos y trepan a la cima del área contraria para asistir, con un centro de manual, al compañero que llega vacío y desmarcado para anotar un gol.  Intrépidos gladiadores  pelota al pie que lucen con orgullo un número 3 o un número 4 en sus dorsales. Refutadores de una provocadora teoría conspirativa que los demoniza, que los estigmatiza. Escribió cierta vez el talentoso colega Juan Sasturain:

 

“Cualquier observador de los picados lo sabe: el 10 está enamorado de la pelota, el 9 esta de novio con el arco, pero el 4 está casado, para siempre, con la raya. Ser marcador de punta, requiere entereza. Del mismo modo que nadie tiene vocación de jefe de personal, encargado de buffet o corrector de pruebas, nadie que juegue al fútbol quiso ser marcador de punta, sino que terminó siéndolo, fue empujado por la realidad, confinado por el destino a un papel lateral sin protagonismo, a una zona marginal, indeseada”.

 

Los laterales de los que yo hablo y escribo se paran del otro lado de la grieta futbolera que describe y propone Sasturain. Ellos son protagonistas esenciales en el juego, también están enamorados de la pelota y de novio con el arco adversario.  Futbolistas como Pipo Ferreiro, Eduardo Luján Manera, Alejandro Cucho Mascareño, José Solimanto, Néstor Rolando Clausen, Juan Pablo Sorín, Bruno Pittón y el personaje central de esta crónica periodística: el entrañable Fernando Cuesta.

 

Tal vez muchos y muchas desconozcan sus virtudes futboleras y en consecuencia solo hacen hincapié en su intachable trayectoria como dirigente gremial de la Asociación Bancaria, como abanderado y defensor a ultranza de los derechos humanos, como un incansable militante político y social comprometido con la realidad de su tiempo, un hombre de acción del campo nacional y popular que esgrime a través de los años una irreprochable coherencia ideológica.

 

Su abuelo, andaluz de nacimiento, instruido, españolista, cristiano y franquista, desembarcó en el barrio de La Paternal en 1925. Tres meses después llegaron su esposa y su pequeño hijo Manuel. Luego el viajante de comercio que vendía bebidas alcohólicas y aceites se mudó con su familia a una próspera Tandil, meca de las más importantes industrias metalúrgicas en los años 60´, 70´.

 

Miguel Cuesta Sánchez, su papá,  se casó con María “Carmen” Flores, una bella mujer argentina con raíces andaluzas también. Juntos tuvieron cuatro hijos: Miguel, Juan Manuel, Fernando y Ricardo.

 

Miguel, el mayor, primero fue un extraordinario zaguero central  y posteriormente un reconocido entrenador  de los equipos que participaban de la Liga Tandilense de Fútbol.

 

Juan Manuel fue un intelectual, un teórico. Militante gremial en Loma Negra. Un lector empedernido que supo transmitirles a sus hermanos la pasión por las letras y la acertada elección de los mejores libros, sustento y base piramidal en la formación militante de Fernando y Ricardo. Murió a causa de un cáncer de pleura cuando tenía 34 años de edad.

Ricardo, un rebelde con causa en las aulas del Colegio San José, llegó a jugar algunos partidos en la primera división de Gimnasia y Esgrima de Tandil. El Lobo serrano estaba a dos cuadras de la casa de los Cuesta y era el segundo hogar, el club de barrio donde se soñaron futbolistas profesionales, el espacio comunitario, junto a una biblioteca que ellos habían fundado, donde desarrollaron los primeros atisbos de un inabarcable espíritu solidario.

 

Sin lugar a dudas el futbol es, fue y será, un esfuerzo colectivo para lograr el triunfo. “Es la humanidad en el pequeñísimo cosmos de un cuadrilátero verde”, solía decir el recordado Osvaldo Bayer.

 

Quienes vieron jugar a Ricardo cuentan que era un mediocampista cerebral, un tiempista.  Fuera del campo sus compañeros lo definen como un muy buen pibe, muy comprometido, leal, responsable, sensible, un soñador. Un adolescente que encontró en los ojos de su hermano Fernando las alas revolucionarias que le permitirían volar tan alto, tan bello, tan lejos.

 

En Tandil, desde 1973,  militó en la Unión de Estudiantes Secundarios (UES), en la Juventud Peronista (JP) y fue responsable de Montoneros en la Universidad Nacional del Sur. Conocido como Willy, por Willy Quiroga el bajista de Vox Dei. También lo apodaban Diente o Felipe, acaso por su parecido físico y psicológico con el romántico personaje ideado por Quino en la tira Mafalda. Le gustaba el rock nacional, reír con el  humorista Fidel Pintos y coleccionar estampillas. Tocaba el bajo y era integrante de una banda que se llamó Sexto Sentido.

 

Durante la charla Fernando me contó una anécdota que refleja a la perfección el enorme corazón humanista de su hermano menor. “Cuando tenía 6 años, jugando un partido en el Colegio San José, el juez cobró algo que él creía era injusto y se enojó tanto que en respuesta a la desacertada intervención del árbitro se sentó arriba de la pelota y se declaró en rebeldía”.

 

Años después miles de compañeros y compañeras se enfadaron tanto con la injusticia mundana, con la desigualdad entre ricos y pobres, con los poderosos que manejan la economía a su antojo y en su beneficio, con la inoperancia de los funcionarios que no funcionaban; que también a su manera, se sentaron arriba de una porción del planeta para mostrar su desagrado y su bronca. Molestaron, protestaron, incomodaron. Ellos  soñaban un país más justo y solidario, y en respuesta empezaron a matarlos, a perseguirlos, a torturarlos, a desaparecerlos.

 

A Ricardo Osvaldo Cuesta el Ejército genocida lo asesinó en Bahía Blanca un 5 de febrero de 1977. Fue  en una cita entregada.  Él se resistió a ser identificado y atrapado con vida. Tenía veinte años recién cumplidos.

 

Por intermediación de la Iglesia Católica y en el marco de una durísima gestión de sus familiares directos con la jerarquía eclesiástica, su padre y sus hermanos Miguel y Juan Manuel viajaron a reconocer el cuerpo y lograron traerlo a Tandil donde pudieron velarlo solo veinte minutos para posteriormente darle cristiana sepultura  en el panteón familiar.

 

El día previo a la ejecución la “patota” había realizado un allanamiento en la casa paterna de Ricardo, quien se había encontrado en Buenos Aires con Fernando. Se despidieron en la desaparecida terminal capitalina de la Empresa La Estrella, se dieron un abrazo de oso y prometieron cuidarse mucho. Ambos sabían que sus vidas, como las de  tantísimos militantes, pendían de un hilo.

 

En Tandil, pegado a la radio,  su papá escuchó leer a un locutor de Radio Colonia el comunicado de las Fuerzas Armadas que detallaba minuciosamente los datos filiatorios de los Montoneros abatidos en un supuesto enfrentamiento bélico. El primer nombre era el de su hijo. La mala noticia viajó velozmente por las ondas hertzianas y casi como por un capricho del destino, Fernando en Capital Federal encontró en el éter la voz de otro locutor confirmando una información que le estrujó el alma y le oprimió el corazón.

Vuelvo al fútbol, desando el paso del tiempo y corro el lateral derecho para detenerme por un instante en el amplio y extenso patio de la casa de la familia Cuesta en Tandil.  La barriada juega un picadito hasta que cae la noche y las estrellas dibujan curiosas escenografías detrás de unas pintorescas sierras bajas.

 

En poco tiempo Fernando, talentoso marcapunta clase 1953, se transformaría en una de las promesas futbolísticas de Gimnasia. Tras un fugaz paso por Santamarina, en 1969 debutó en la primera del Lobo en Napaleofú. Allí, sobre la línea de cal, ganó y perdió en el mano a mano con el Chango Benítez, hermano de Modesto, el delantero de San Lorenzo de Mar del Plata que marcó el tanto del empate frente a Racing en el Cilindro de Avellaneda. Fue en 1967, fue el debut Patanegra en la primera edición del telúrico torneo Nacional ideado por Don Valentín Suárez.

 

En 1970 Fernando es designado capitán del equipo y es baluarte defensivo y ofensivo del conjunto Mensana hasta 1973. Ese chiquilín que clausuraba con promisoria maestría su lateral ya era un ferviente militante de la Juventud Peronista y los medios gráficos tandilenses le presagiaban un venturoso futuro en un club porteño.

 

Sobre la mesa del comedor en la cual realizamos la charla, se recorta una humilde carpeta marrón, muy sencilla. En su interior una prolija y muy cuidada selección de recortes periodísticos, -fotografías y textos-,  narran su travesía futbolera en Tandil. “Esta carpetita mi vieja la escondió para que los milicos no se la llevaran en los allanamientos”, me dice Fernando con la voz quebrada y los ojos empapados en lágrimas.

 

Sus estudios secundarios los terminó en la Escuela Granja, donde  egresó como Técnico Agrónomo Especializado en Ganadería. La militancia ocupaba gran parte de sus horas. Trunca había quedado una prueba en Estudiantes de La Plata y optó junto a otros destacados jugadores liguistas probar suerte en Gimnasia, el archirrival del León platense.

 

En 1973 se instaló en la ciudad de las diagonales para comenzar la carrera de Agronomía. Dos años después conoció y se enamoró de Emilse Moler, una soñadora como él, una estudiante de quinto año de Bellas Artes que militaba activamente en la UES. Emilse, una de las sobrevivientes de un acontecimiento paradigmático de la historia argentina, fue su esposa y es la madre de Mariana, Pilar y Joaquín -sus tres hijos-.  En la actualidad es profesora de Matemáticas y doctora en Bioingeniería, y es también una invalorable y muy respetada militante por los derechos humanos.

En su libro La Larga noche de los lápices escribió: “En la madrugada del 17 de septiembre de 1976, hombres armados y encapuchados que se identificaron como del Ejército Argentino me secuestraron de la casa de mis padres; fue la llamada ‘Noche de los Lápices’. Yo tenía diecisiete años, era estudiante de quinto año del Bachillerato de Bellas Artes de la ciudad de La Plata y militante de la Unión de Estudiantes Secundario (UES). Esa noche y otras más de ese mes, diez estudiantes de colegios secundarios fuimos arrancados de nuestros hogares por las Fuerzas Armadas. Seis de ellos continúan desaparecidos: Claudia Falcone, María Clara Ciocchini, Claudio de Acha, Francisco López Muntaner, Daniel Racero y Horacio Ungaro. Otros fuimos liberados luego de años de detención en centros clandestinos y cárceles: Gustavo Calotti, Pablo Díaz, Patricia Miranda y yo, Emilce Moler”.

 

Cuando el 24 de marzo de 1976 se perpetró  el golpe cívico- eclesiástico-militar en la Argentina,  Fernando Cuesta  era un cuadro jerarquizado de la JUP- Montoneros en las universidades de Agronomía y Veterinaria platenses. En las calles, en tanto, los grupos de tareas de las Fuerzas Armadas actuaban con singular brutalidad y ensañamiento. Fueron etapas muy duras, militando en la clandestinidad, escapando en mitad de la  anoche para no ser detenido ni apresado, mudándose de un lugar a otro, muchas veces, quedando expuestos y a merced de la barbarie genocida.

 

“Hoy, con una mirada retrospectiva, entiendo que hubo muchas equivocaciones en Montoneros y el ERP, pero revisando la historia  creo que tendríamos que haber escuchado a Rodolfo Walsh cuando decía aquello de recluirnos otra vez, meternos en el peronismo y ahorrar sangre. Pero la conducción de Montoneros no escuchó y quiso suplantar a Perón. Esta idea es aún una discusión abierta para muchos compañeros y compañeras “, reflexionó Fernando cuando le pregunto por las autocriticas.

 

A fines de 1976, inmerso en un clima irrespirable  y acorralado por una asfixiante escalada de violencia estatal, fijó residencia en Capital Federal.  Lo bautizan Nando, y gracias a un primo entró a trabajar como administrativo en el Banco del Interior y Buenos Aires. El fútbol reaparece en su vida. El bravío marcapunta derecho tandilense, con ínfulas de wing setentoso, fue muy bien recibido por sus flamantes compañeros que formaban parte del plantel  que representaba la entidad bancaria en la segunda categoría de una prestigiosa liga amateurs.

 

En 1979 decidió dejar de prorrogar su ingreso al Servicio Militar Obligatorio y tras una charla con su familia regresó a Tandil.  Una tarde, sin previo aviso le comunicaron que sería traslado a Mar  del Plata para realizar en el GADA 601 su etapa de instrucción.  El alta definitiva la obtuvo en febrero de 1980.  En la Colimba lo llamaban el Abuelo, tenía por entonces  26 años, había perdido muchas cosas, entre ellas a su hermano Ricardo, temía tener que empezarlo todo de nuevo desde cero.

 

Su amigo Sergio Bossone lo llevó como refuerzo a Once Unidos, conjunto verdiblanco  que militaba en la B, consiguió un empleo en la Farmacia Frontini y paralelamente ingresó en el Departamento de Valores del Banco Oceánico, entidad donde dio sus primeros pasos como delegado de la Asociación Bancaria.

 

Después y aquí sí importa mucho el después, construyó una ejemplar carrera como dirigente gremial, no abandonó jamás sus ideales, continuó militando políticamente, no traicionó, no se traicionó, fue pura coherencia  y entereza ideológica, hermoso legado que le dejó Ricardo. En 2013 integró, junto a Fernando Rizzi y Walter Rodríguez, la Defensoría del  Pueblo del Partido de General Pueyrredón.

 

Una vez formalizada su jubilación empezó a estudiar la Licenciatura en Historia. Hoy es el orgulloso abuelo de Malena, Juana e Inés. Es un papá  que muere de amor por Mariana, Pilar y Joaquín. Sigue sufriendo por  su querido Independiente de Avellaneda y disfruta de la compañía de los buenos amigos. Además se enamoró de Tessa.

 

Esta es tan solo una parte de la vida de Fernando Cuesta. Un formidable marcapunta. Pasional, aguerrido, uno de esos que nunca se dan por vencidos y trepan a la cima del área contraria para asistir, con un centro de manual, al compañero que llega vacío y desmarcado para anotar un gol. Protagonista esencial del juego, dentro y fuera del campo.

 

Para el final de esta columna atesoró una imagen, una frase y un deseo. Sobre el epílogo de la charla le pregunto sobre la fe, ponemos en discusión y en debate la creencia de un Dios todopoderoso. Yo le digo que soy agnóstico y él me dice que aún cree aunque si coincidimos cuando hablamos de las aberraciones que cometió institucionalmente la Iglesia católica en diferentes momentos de la historia de la humanidad.

 

“Yo necesito creer, quiero creer, porque es la única manera de poder  seguir pensando que algún día me voy a reencontrar con mis hermanos Juan Manuel y Ricardo, con mis viejos y con los amigos que quise mucho”.

Otra vez su voz se rompe en mil pedazos y los dos hacemos mucha fuerza para no quebrarnos emocionalmente. Entonces yo también lo acompaño en su deseo para que haya un cielo y un Dios todopoderoso.

 

Imagino un picadito en el patio de la casa paterna de la familia Cuesta. Una luna inmaculada aparece detrás de unas sierras petizas mientras las  estrellas iluminan las gambetas de los pibes que se sueñan jugadores profesionales. Miguel es uno de los zagueros centrales, Fernando el lateral derecho, Ricardo el dueño de la mitad de la cancha. Juan Manuel, el teórico, abandona por un ratito la lectura de sus libros y desde las gradas los alienta fervorosamente. Papá Miguel y mamá “Carmen” miran el partido con ojos de paz.

 

En las populares 30.000 almas generosas bajan un cántico ensordecedor que los abraza, que los contiene, que los hace mejores personas. La pelota gira, rueda, corre, tiene alas, eso, la pelota tiene alas…

 

Mario Giannotti

 

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