Marcelo López: el que sabe y sabe mirar

Marcelo López: el que sabe y sabe mirar

Esta crónica periodística pretende ser un guiño cómplice para los buenos directores técnicos del fútbol local, un abrazo de gol para los laboriosos y muy capacitados entrenadores de la ciudad. Estas líneas narran la historia de Marcelo López, uno de ellos, uno de los que saben y saben mirar.

25 de enero de 2021

“Un buen entrenador debe acercar a sus jugadores a su máximo potencial, o descubrirlo. Esa es su principal función.”

Marcelo Bielsa

 

Alguna vez Osvaldo Soriano definió a Juan Manuel Fangio como a un ídolo tranquilo, alguien que sabía lo grande que era sin necesidad de andar gritándolo a los cuatro vientos. “Parecía un solitario de esos que cuando salen de su cueva no paran de hablar para resarcirse del silencio.” Aquella virtuosa reflexión del Gordo sobre un rasgo característico del balcarceño fue la primera idea que apareció en mi cabeza después de entrevistar a Marcelo López, un exitoso director técnico, un hombre del fútbol que jamás hace alarde sus logros ni de sus conocimientos, que habla poco, que ha hecho del perfil bajo un sello identitario.

 

Medido, respetuoso, reflexivo, ajeno a las frases altisonantes que quizás le permitirían ganar espacio en los medios de comunicación y sumar algunos porotos  en la consideración de los dirigentes. En el clásico duelo dialéctico con los periodistas, en lo previo o tras un partido,  solo hace foco en el juego y sus circunstancias. En tanto, en el marco de una charla informal, en un diálogo distendido y ameno si se explaya y manteniendo sus formas recorre con puntillosa exactitud su trayectoria deportiva. Como el quíntuple campeón del mundo sale de su escondite y habla como quien quiere resarcirse del silencio.

 

Encuentro en él una matriz bielsista. Su obsesión por el trabajo, sus convicciones para establecer e imponer una idea de juego en el mediano y largo plazo, su vocación por hacer las cosas bien, su apego al orden y a la disciplina, su  capacidad para desarrollar en cada uno de sus jugadores su máximo potencial y una innata y extraordinaria cualidad que le permite saber mirar lo que pasa dentro y fuera de una cancha.

 

Su historia futbolera está estrechamente ligada a Kimberley. A los 14 años de edad, ese flaquito que gambeteaba pibes más grandes en las veredas de las calles Moreno y Tres Arroyos, gracias a la invitación del padre su amigo de la infancia Guillermo Bonino, recaló en la categoría 1969 del Verde. Allí, tras superar una tradicional selección de jugadores, se consolidó en el equipo y tiró sus primeras paredes con dos pibitos que marcaban diferencia: Osvaldo Rizzo y Gabriel Amato, quien era un año más chico pero resultaría determinante en la división para lograr el campeonato de la Liga.

 

En 1988 el Chueco Miguel Ángel Sernia lo sumó al plantel de primera y lo llevó  al banco de suplentes en algunos partidos. Vale recordar que por entonces no era nada  sencillo para los jugadores de la cantera ganarse un lugar en el conjunto titular. El Dragón tenía profesionales de jerarquía, muchos con un destacado recorrido en diferentes clubes de la ciudad y del interior del país. La prodigiosa zurdita de Santiago Mancuso, a quien Marcelo destaca por sus condiciones humanas y futbolísticas, fue una de las excepciones que logró traspasar esa infranqueable barrera y destacarse como uno de los más talentosos mediocampistas de la época.

 

El esmirriado y escurridizo delantero que escapaba con singular habilidad a los patadones de los muchachones más grandes del barrio, a pura gambeta se ganó el reconocimiento de sus pares y un apodo que enaltecía su carrera veloz hacia el arco rival: el Laucha. En plena adolescencia sus piernas rápidas y mareadoras no pudieron desairar al destino y la realidad como un hostil y mal intencionado marcapunta lo tiró sin contemplaciones fuera del campo de juego. Cuando tenía 16 años  murió su mamá, dos años después su papá. La bola dejó de rodar, se fue de Kimberley y empezó a estudiar el Profesorado de Educación Física.

 

Como futbolista volvió a una cancha vistiendo la camiseta de Nación y en 1992 el entrenador  Juan Carlos Bengoa lo convirtió en una pieza clave para lograr con Libertad el regreso a primera división. San José bajo la conducción táctico estratégica del Negro Alberto Páez fue el campeón y el Gigante de Monolito, con Marcelo López como uno de los baluartes del medio campo tricolor, se quedó con el segundo ascenso liguista de la temporada. En primera jugó muy pocos partidos y se alejó del equipo por una propuesta laboral vinculada a la docencia.

En 1991 había regresado a Kimberley como preparador físico y entrenador de las divisiones menores del club. Comenzó como ayudante de todos los directores técnicos de las Centrales y luego se hizo cargo de las categorías infantiles que pasaban a jugar en cancha de once. Fueron dos años de mucho aprendizaje, un sitio donde pudo visualizar en los hechos su trabajo como formador de jugadores. Su equipo, la categoría 88´ del Verde,  jugaba, ganaba y gustaba. Martin Curuchet, Mauro Castro y Miguel Alba, entre otros, jerarquizaban una divisional que plasmaba en la cancha la idea de su líder.

 

El coordinador de inferiores era Alberto Tito  Violi, un ex futbolista profesional radicado en Mar del Plata que se convirtió con los años en uno de los personajes más respetados y queridos por el mundillo del fútbol marplatense. Violi sabía transmitir sus saberes futboleros aprendidos junto al Toto Juan Carlos Lorenzo en Unión de Santa Fe. Marcelo lo pondera y lo reconoce como a uno de sus principales mentores en la profesión. “Para atacar hay que saber defender y si el arquero es malo estás complicado, tenés que poner adelante del arco un biombo”, era una de las frases predilectas de Violi, un pionero planificando en tinta y papel cada uno las prácticas diarias de los diferentes equipos menores del Dragón.

 

En 2005, tras la renuncia de Toro Daniel Abelén por desavenencias con el grupo económico que gerenciaba a Kimberley, López debutó como entrenador de primera en el desaparecido Torneo Argentino C.

 

Sergio Del Curto, Eugenio Ramajo, Federico Tormakh, Damián Luengo, el Pipi Parra, el Colo Vega, Federico Moreira, Nahuel Roselli y Joel Carli, eran algunos de los jóvenes que formaban parte de ese plantel. Independiente de Gózales Chávez, el candidato de la zona,  los eliminó del certamen pero los dirigentes le ratificaron la confianza  y  prolongaron su continuidad  como DT del primer equipo.

 

Con un inesperado éxodo de futbolistas titulares Verdes a Circulo Deportivo  y con una economía en franco proceso de deterioro, Marcelo afrontó y condujo, con muy buenos resultados en el primer año de gestión, un proyecto futbolístico que promocionó a muchos juveniles del club. Martin Mantovani, figura excluyente en el Leganés español, hoy en el Andora FC y el Polaco Cristian Menéndez, destacado goleador en importantes equipos del continente, son dos de los apellidos que corroboraron en la acción el excelente trabajo en las formativas y su posterior correlación y confirmación en  primera.

 

En diciembre de 2006 Marcelo López renunció a su función de DT del primer equipo y Coordinador de inferiores. El utilero Pablo Hernández, el Gerente Jorge Falcone y Marcelo Cardellino, un entusiasta y promisorio colaborador del club, hicieron todo lo posible para contrarrestar los efectos de una agobiante crisis institucional e intentaron sin éxito, hasta último momento, cambiar el rumbo de una decisión ya irreversible.

 

En 2007 sus pergaminos y sus logros en la captación de jugadores juveniles fueron la puerta de entrada para trabajar en el Proyecto que el Barcelona desarrolló en nuestro país. Allí fue reclutador de talentos en Mar de Plata y la zona. Dicha experiencia significó un salto de calidad para su crecimiento deportivo, a pesar que quienes comandaban la idea no cumplieron con las pautas de trabajo preestablecidas ni con el ofrecimiento salarial prometido en primera instancia. Vale destacar que Marcos Curado, hoy figura en el Frosinone de la Serie B de Italia, arribó al fútbol capitalino, en el marco de dicho proyecto catalán, gracias a la selección de Marcelo López.

 

En la segunda parte del año, faltando apenas una semana para el inicio del campeonato, los Paperos confiaron en él y lo convocaron para reemplazar a Pedro Boccanera en Circulo Deportivo. En 2008 fue Coordinador de Banfield, en 2009 y 2010 entrenador de la primera local de Unión, en 2012 llegó a Atlético Mar del Plata y doce meses después logró con el Decano el  mítico Torneo Centenario.

 

Roberto Fernández, presidente de la  Liga Marplatense de fútbol,  con el fin de apuntalar y potenciar el proceso formativo de los jugadores jóvenes de la ciudad, lo contrató como Director Técnico de las selecciones menores. Con la Sub -17 fue campeón Provincial y Nacional y con la Sub- 15 repitió un año después el título en provincia. El tiempo, una metodología seria de trabajo, por supuesto los buenos resultados, lo erigieron como uno de los entrenadores más buscados y respetados del ambiente.

 

La dirigencia de Alvarado lo citó para escuchar su propuesta futbolística de cara al inicio del difícil Federal A. Finalmente optaron por Luis Nicoletti. Lo llamaron de Salta y de Ferro de Olavarría, pero los ofrecimientos no estaban acorde a sus atendibles y lógicas pretensiones profesionales. En ambos casos la imposibilidad de armar su cuerpo técnico y la obligación de dejar la ciudad y su familia sin la certeza de una lógica continuidad laboral, determinaron una respuesta negativa. Desde entonces increíblemente no ha vuelto a dirigir. En la actualidad ha recibido algunas ofertas que evalúa y evaluará.

 

Reitero, encuentro en Marcelo López una matriz bielsista. Su obsesión por el trabajo, sus convicciones para establecer e imponer  una idea de juego en el mediano y largo plazo, su vocación por hacer las cosas bien, su apego al orden y a la disciplina, su capacidad para desarrollar en cada uno de sus jugadores su máximo potencial y una innata y extraordinaria cualidad que le permite saber mirar lo que pasa dentro y fuera de una cancha.

 

Mariana, su esposa, su incondicional compañera de ruta, lo confirma con un par de anécdotas que lo pintan de cuerpo entero. “Nos casamos en 1997, un sábado y él antes a la tarde, a las 16,  fue a dirigir a la categoría 85´de Kimberley. De la luna de miel, viaje a Orlando y Miami, nos volvimos dos días antes porque tenía que dirigir los playoffs. Cuando tenía que nacer nuestra hija Magdalena, atrasamos dos días la cesárea porque Marcelo fue uno de los responsables de la organización del Latino de Quilmes y quería estar hasta en el  último detalle del campeonato”.

Sin lugar a dudas, expresó aquí mi opinión personal,  Marcelo López es uno de los entrenadores más capaces y más talentosos de la ciudad, uno de los profesionales marplatenses que está preparado para encarar exitosamente desafíos que trascienden lo local, uno de los que sabe y sabe mirar. Un hombre serio que trabaja seriamente, uno de los nuestros, uno  más de los buenos que no es tenido en cuenta por los que eligen a los conductores de los proyectos futbolísticos para los equipos de Mar del Plata que participan en el profesionalismo.

 

Quizás, los entrenadores y los preparadores físicos lugareños, donde hay muy buenos, buenos, malos y muy malos, aun no cuentan con la necesaria confianza de los directivos para ostentar cargos que si ocupan y ocuparon históricamente otros ignotos foráneos. Muchos de ellos capaces y muy trabajadores, otros vagos e incompetentes también.

 

Una vez leí un maravilloso cuento de Alejandro Dolina que bien puede o podría graficar lo que pensamos muchos de los que estamos vinculados al fútbol Transcribo a Dolina:

 

“El Mago Rizzuto no conocía ningún truco. Su número era bien sencillo: golpeaba su galera con una varita azul, y luego esperaba que apareciera una paloma.

 

Naturalmente, la total ausencia de dobles fondos, de mangas hospitalarias y de juegos de manos conducía siempre al mismo resultado desalentador. La paloma no aparecía.

 

Rizzuto solía presentarse en teatros humildes y en festivales de barrio, de donde casi siempre lo echaban a patadas.

 

La verdad es que el hombre creía en la magia, en la verdadera magia. Y en cada actuación, en cada golpe con su varita azul estaba la fervorosa esperanza de un milagro. Él no se contentaba con las técnicas del engaño. Quería que su paloma apareciera redondamente.

 

Durante largo tiempo lo acompañaron la desilusión y los silbidos. Otro cualquiera hubiera abandonado la lucha. Pero Rizzuto confiaba. Una noche se presentó en el club Fénix. Otros magos lo habían precedido. Cuando le llegó el turno, dio su clásico golpe con la varita azul. Y desde el fondo de la galera salió una paloma, una paloma blanca que voló hacia una ventana y se perdió en la noche.

 

Apenas si lo aplaudieron. Las muchedumbres prefieren un arte hecho de trampas aparatosas a los milagros puros. Rizzuto no volvió a los escenarios. Tal vez siga haciendo aparecer palomas en forma particular”.

Sera acaso que muchos, en el fútbol como en la vida misma, prefieren un arte hecho de trampas aparatosas que a los milagros puros. Yo hace años que elegí a los nobles soñadores que no engañan al público y confían ciegamente en el golpe de su varita mágica. Tal vez el día menos pensado el milagro se hace realidad y los que mandan, don dinero y representantes poderosos incluidos, opten sencillamente por los mejores, sin importar de donde son ni de dónde vienen. Entrenadores formados y capacitados para la tarea que se les encomiende. Por ejemplo profesionales marplatenses,  a quienes habrá que permitirles el fracaso sin que esto se convierta en un no determinante para la futura contratación de otros colegas. Los de afuera fracasan todo el tiempo y nadie por eso deja de llamarlos una y otra vez. Los apellidos consagrados, sin experiencia alguna en la materia, pueden probar fortuna en nuestros clubes, en tanto los de acá siguen esperando que alguna vez los miren.

 

Desde estas líneas invito a la reflexión futbolera y los espero en la primera fila para aplaudir a rabiar a los excelentes directores técnicos de la ciudad, que sin uso y abuso de mangas hospitalarias y dobles fondos, aún hacen aparecer palomas blancas que se pierden en la inmensidad de la noche. Entrenadores como Marcelo López,  que saben y saben mirar y que no andan por ello gritándolo a los cuatro vientos.

 

Mario Giannotti

 

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