En 1967 un periodista le preguntó a John Lennon si le interesaba el fútbol. Respondió que no. Pero aclaró: “¿Cómo se llama el equipo que juega contra el Celtic...? ¿Racing? Ey, ¡me gusta Racing! ¡Soy de Racing!”. Bobby Flores jura haber visto esa entrevista. Creer o reventar. Este cuento es un pequeño homenaje a los hinchas de la Academia que viven su pasión futbolera como un verdadero acto de fe.
a la memoria del Paisano Menéndez
“No está mal sumergirme, otra vez,
ni temer que el río sangre y calme
sé bucear en silencio.
Tarda en llegar
y al final
y al final, hay recompensa”
Gustavo Cerati
Sobre una de las mesas del ventanal que da espalda a la avenida Luro, cuatro parroquianos jugaban su honor en una partida de naipes. Una botella de vino tinto viajaba de vaso en vaso redimiendo penas, refrescando gargantas cansadas de maldecir injusticias propias y ajenas, adormeciendo broncas incurables, secando el sudor apestoso de un verano incipiente.
En la barra un par de fulanos apostaban algunas chirolas al 234. Un personaje desconocido agendaba en un cuaderno manchado con grasa la data para la vespertina de Provincia. ¡Si lo agarro le hago los frenos al Taunus y con la sobra le compro la bicicleta al pibe!-, prometía uno de los jugadores ante la mirada inquisidora del quinielero clandestino.
En tanto, en la parrilla, un vecino improvisaba con un cordero, obsequio del Pato tras ganar la rifa de la familia Rodríguez. En la pantalla del televisor Enrique Macaya Márquez describía hasta el cansancio falencias y virtudes del mediocampo racinguista.
-¡Acá está todo arreglado! -, gritó uno de los clientes que desafiaba la diosa fortuna en la mesa del ventanal. – El campeón va a ser River. A la AFA le conviene una final el domingo, se llenan de guita. Después compran al referí y andá que te cure lola!- El tipo soltó la reflexión, miró de reojo a su compañero, dio dos golpes a la mesa, se acomodó el bigote y con pasmosa serenidad arrojó un anchito falso para hacer la primera.
El Gordo Tutino bajó el volumen de la tele y encendió la portátil que estaba sobre una de las repisas. ¡El fútbol se escucha por radio, los campeonatos se definen escuchando la radio! –, vociferó mientras relojeaba la foto de la morocha que estaba en la contratapa del Popular.
El paisaje, los personajes y los olores configuraban una escena familiar. Voces conocidas aportaban soluciones mágicas a una acuciante crisis económica, contaban historias increíbles, en tanto, algunas almas nobles apostaban pequeñas ilusiones en el cartón pintado.
Todo aquello me resultaba asombrosamente conocido. Solo el rostro de quien atendía en la barra no encajaba en mi memoria. Su figura espectral recorría con paso firme cada uno de los rincones del bar. Siempre atento para servir a los visitantes, meticuloso como pocos, prolijo hasta el hartazgo. Resultaba extraño verlo repasar las mesas con una rejilla pulcra, parecía un forastero poniendo orden en el desorden.
Tutino mareaba la portátil buscando el lugar propicio para escuchar el partido sin interferencias. La voz del relator llegó limpia cuando el Gordo acomodó el receptor junto a dos cajones de cervezas apuntando la antena hacia la puerta del baño de caballeros. Los periodistas ensayaban discursos triunfalistas y recitaban un centenar de frases hechas. “Que la gloriosa Academia, que 35 años no es nada, que el milagro y la utopía, que los sueños, que la eterna fidelidad, que el bendito paso a paso”.
En la mesa del ventanal que da espalda a la avenida Luro, el hombre de bigote insistía con su pregón: ¡Acá está todo arreglado, los de River pusieron toda la teca! Y además a los sinvergüenzas de Torneos les conviene una final el domingo.

Sus acompañantes en el juego apenas escuchaban sus rezongos. El Pelado, su fiel compañero, le recriminaba el anchito falso y buscaba la gloria con un dos de oro. El que era pie tanteó a los rivales y echó un envido desafiante antes de hacer primera con el tres de copa.
Los fulanos acodados en la barra desviaron la vista del televisor y clavaron la mirada en los jugadores de truco. La radio seguía prometiendo una vuelta olímpica y el locutor del servicio informativo adelantaba que el Presidente Adolfo Rodríguez Saa veía con buenos ojos su permanencia en el Ejecutivo hasta el 2003.
El tipo de bigotes se recostó lentamente sobre el respaldo de la silla, respiró hondo, lanzó sus cartas sobre la mesa y espiando de reojo un centro de Gustavo Barros Schelotto dijo con tonito sobrador:
-¡Puta que serán lentos los Radicales! Tuvimos que hacernos cargo de sus cagadas y ahora algunos tarados nos critican porque nos peleamos por el poder. Hablar, lo que se dice hablar, hablan al pedo. ¡Al final tiene razón Carlitos, somos como los gatos, cuando parece que nos estamos peleando en realidad nos estamos reproduciendo!
El Alambre Quiroga lo miró con odio – tal vez simpatizaba con los muchachos de Alfonsín-, de un codazo volcó el vaso de vino tinto y le gritó en la frente mirándolo a los ojos: -¡Envido caballeros! ¡Canté envido carajo!
La escena ahora no solo transcurría en la cancha de Vélez, en la vieja mesa del ventanal también se resolvían cuestiones importantes. El comentarista de la radio, por su parte, analizaba los primeros cuarenta y cinco minutos de un partido chato, sin vuelo, sin figuras excluyentes, sin goles.
El espectro que anotaba deudas y números en el cuaderno manchado con grasa abandonó al menos por un instante su puntillosa pulcritud y destapó con prisa una botella del mejor Malbec de la casa.
-Para acompañar caballeros, para dar coraje señores. ¡Beban, la casa invita!-, dijo con prepotencia.
El paisano de bigotes aceptó la oferta, amontonó los porotos frente al Alambre Quiroga y con una furia inusitada echó la falta sin consultar a su compañero.
-¡Falta envido Quiroga, falta envido carajo!
Tutino reacomodó la portátil entre los cajones de cerveza mientras el parrillero le pedía que subiera el volumen o que llevara la radio para la cocina. El tipo desconocía el desafío planteado en la mesa del ventanal y solo prestaba atención a los gritos del relator.
Creo recordar que la tensión duró casi cinco minutos. Los jugadores estudiaron sus movimientos con la inteligencia de un maestro internacional de ajedrez.
La radio gritó un gol de Racing. Centro de Bedoya y la cabeza del Flaco Loeschbor anticipó la defensa velezana para desatar la locura de los simpatizantes académicos. Las frases hechas coparon otra vez el éter.

En la mesa del ventanal Quiroga dilucidaba una duda existencial. Ser o no ser. Aceptar o no aceptar la falta. Confiar en el azar o rehuir al combate para planificar la partida paso a paso. Dudas, temores entendibles en un hombre racional como el Alambre.
El relator de las frases hechas anunció un gol de Vélez. El Paisano volvió con su latiguillo: ¡No ves, está todo arreglado, la guita puede con todo!
Quiroga cansado de las quejas de su contrincante alzó la voz, acomodó sus cartas, tiró los porotos al suelo de un manotazo y sentenció el pleito.
-¡Quiero que mierda! ¡Cante nomás, usted es mano que joder!
El suspenso se apoderó del escenario de la contienda. Se desafiaron primero con la mirada y después encomendaron sus almas a los palos y los números de las barajas. La radio anticipaba un festejo inolvidable, enumeraba entrenadores y rachas adversas. Era todo ansiedad hasta que el pitazo final de un tal Brazenas explotó en el pecho de los hinchas de Racing, los elevó al cielo, los vistió de gloria, los trasladó al mismísimo horizonte, los puso cara a cara, mano a mano con aquella ansiada utopía que pergeñaron después del zapatazo del Chango Cárdenas.
Me distraje con los festejos, con las imágenes que llegaban desde Avellaneda y desde Liniers. La locura y la emoción de los hinchas me sustrajeron de la mesa del ventanal. Cuando busqué con la mirada los rostros de los que también definían un pleito sustancial, descubrí casi con espanto que la mesa estaba vacía. Apenas los cuatro vasos con vino tinto, los porotos y los naipes permanecían intactos, inalterables.
El bar estaba en silencio. La radio ya no parloteaba entre los cajones de cerveza y los parroquianos habían desaparecido como por arte de magia. Temeroso leí el cuaderno con manchas de grasa. Pensé encontrar allí alguna respuesta, una explicación, un poco de cordura. En la última página pude leer una frase conmovedora, al menos para mí. Allí con letra prolija se leía: «El Paisano es un tipo fuera de serie, pero a veces se juega la vida, muchas veces con cartas perdedoras»
Tiré el cuaderno contra la barra y fui a buscar los naipes que descansaban sobre la mesa del ventanal. Miré las cartas del Alambre Quiroga, conté veintinueve para el tanto. Después alcé las cartas del Paisano, las orejeé con muchísimo cuidado. Las levanté de la mesa con la cautela de quien carga a un bebé recién nacido, me dirigí a la barra, busqué el cuaderno y con letra muy torpe escribí: ¡Son buenas!
Después sentí la inmensa necesidad de reencontrarme con aquel personaje que se jugaba entero a pesar de no tener cartas poderosas, necesitaba abrazarlo, confesarle algunos temores, manifestarle mi afecto, agradecerle ciertos gestos solidarios. Pero aquel tipo de bigotes ya no estaba, como lo hizo siempre se anticipó a los festejos, se jugó entero y testarudo le echó la falta de envido a la vida y perdió.
Aunque hoy algunos habitués del bar todavía me aseguran que el Paisano sabía de antemano que Racing iba a salir campeón y entonces fiel a su costumbre, fiel a su pasión académica, como eximio asador, se trepó a una estrella fechas antes del final del torneo, porque él sabía que los racinguistas iban a tocar el cielo con las manos y allí coherente a su conducta quiso ser el anfitrión de sus amigos, como lo había sido siempre, en la barra de un bar o en la parrilla de su casa. Todo era una cuestión de fe. Creer o reventar…
Mario Giannotti