Gustavo Noto, un guerrero con un corazón entre los dientes

Gustavo Noto, un guerrero con un corazón entre los dientes

Esta columna recorre la exitosa trayectoria deportiva de Gustavo Noto, un noble y apasionado trabajador del fútbol, un líder, un ex futbolista, un director técnico que transita su profesión convencido que el esfuerzo y el trabajo en equipo son fundamentos primordiales en la difícil consolidación de proyectos exitosos.

23 de julio de 2020

                “El único héroe válido es el héroe colectivo, nunca el héroe individual”

Héctor Oesterheld

 

Quizás su voz de mando comenzó a hacerse eco en los primeros picaditos que se jugaban en los límites geográficos que establecían las veredas de las calles Brown y Neuquén. Tal vez forjó su coraje en los ásperos desafíos futboleros que se aventuraban en los baldíos donde años después se construirán los edificios del barrio Centenario. A lo mejor sus compañeros de la Escuela Primaria 41 delegaron en él un liderazgo que se convirtió con el paso del tiempo en un inexpugnable sello distintivo de su personalidad.

 

En 1976, el novio de su madrina, futbolista de primera división en Al Ver Verás, lo convenció para que fiche y sea parte de las divisiones menores de El Duende.  De esta manera un chiquilín Gustavo Noto, por entonces habilidoso mediocampista con llegada al gol, comenzaba a construir su ascendente trayectoria deportiva.

 

Una década después, con apenas 16 años de edad, debutó en la primera del club que lo había formado, aunque los registros fotográficos de la época lo retratan vistiendo la mítica y pintoresca camiseta Topper de Estudiantes de La Plata. Vale recordar que por entonces Al Ver Verás había firmado un convenio de mutua cooperación con la  institución platense y que en el marco de dicho acuerdo proveía con su vestimenta rojiblanca al club marplatense.

 

En 1987 consolidó su participación como jugador titular en el equipo y producto de su muy buen desempeño en el torneo liguista fue convocado para integrar el plantel de la Selección Juvenil que disputó el Torneo Provincial de la Federación del Este. Román Nil Benítez era el entrenador de la Rojita, conjunto que contó entre otros con Gabriel Amato, Walter Quiroga, el Chueco Garat, Osvaldo Tita Rizzo, Carlos Grustán, Javier Pocorena, Marcelo Gennoso y Mariano Beramendi. Allí, además, conoció a Gonzalo Del Río, promesa de la cantera de Kimberley, con quien luego terminaría edificando una sólida amistad y un vínculo indisoluble como compañero de trabajo.

“Con Gonzalo nos reencontramos en 2008, jugando al papi fútbol, justo cuando yo empiezo a dirigir en Talleres. Se sumó a José Campos y los tres terminamos conformando un gran equipo. Ser entrenador para mí es un trabajo, tenés que estar siempre y tenés que rodearte de gente con capacidad, que esté a tu altura profesional y que maneje los mismos códigos que vos. Con Gonzalo discutimos de fútbol, a veces tenemos miradas o posiciones distintas en cuanto a las características de un jugador o sobre un planteo táctico, pero siempre nos respetamos mucho. Además ya existe una relación de amistad”.

 

Tras su experiencia en el combinado local probó fortuna en equipos capitalinos. Pasó la prueba de captación de futbolistas en Independiente de Avellaneda, pero no tenía lugar en la pensión. Chacarita Juniors, por su parte, no solo lo incorporó a sus categorías juveniles, además le dio hospedaje en su sede social. Fueron años de aprendizaje, lejos de los afectos, luchando por un sueño y apuntalando desde las convicciones personales sus férreas ilusiones para llegar al anhelado profesionalismo.

 

“Fueron dos años muy importantes en mi vida. En San Martín, al llegar, viví en la sede, después en un departamento con un pampeano, de ahí me fui al Polideportivo del club y finalmente terminé en un vestuario. Para mi Chacharita por la pasión de su gente y por su historia es el sexto grande de la Argentina. Allí conviví con muchas tentaciones en una edad muy difícil, en una zona, en un barrio difícil; pero siempre elegí bien, siempre me mantuve derecho y esas cosas me fueron marcando a fuego”.

 

Finales de 1989, prefacio de los nefastos 90´, días donde la crisis económica comenzaba a ser mella en las devastadas economías de los trabajadores. La herrería de Francisco, su papá,  perdía clientes a diario  y sobrevivía estoicamente a un robo en el cual le habían sustraído todas las maquinarias. Bibiana, su mamá, lo extrañaba y en cada llamado telefónico no podía disimular el llanto. Las lágrimas caían acompasadamente al ritmo de los viejos cospeles. La gloria Tricolor en el campo de juego, en tanto, parecía cada vez más lejana.

 

Entonces sin dudarlo y agradecido por la experiencia vivida fuera de su hogar, el noble y muy temperamental mediocampista que se soñaba tirando paredes con los mejores de la elite del campeonato argentino, armó las valijas y regresó a su casa natal.

 

La familia, sostén piramidal y bastión afectivo en cada acto de su vida, lo contuvo y gracias a su tío Vasco, integrante de la comisión directiva del Club Atlético River Plate de Mar del Plata, encendió la llamita que despertó, una vez más, su incondicional pasión por el deporte que amaba.

 

“Yo creía que el fútbol era una etapa terminada, pero apareció River, un River recién ascendido que tenía a Mario Gambini como entrenador,  Un loco lindo que me devolvió las ganas de entrenar y jugar. Estuve seis años, compartí equipo con grandes jugadores en una época donde teníamos mucho apoyo económico. Es más, el primer equipo al que patrocinó el Sindicato de Camioneros fue River. Yo me acuerdo de Hugo Moyano, muy amigo del presidente Edmon Elías, mirando los partidos y entrando al vestuario para saludarnos”.

El Tripero fue su casa y el trampolín futbolístico para desembarcar en Alvarado.  Noto no solo era una de las figuras del equipo, además, trabajaba en la tienda La Sultana, propiedad del titular de la institución millonaria, instancia que le generaba también una relación laboral difícil de descuidar o abandonar. Los directivos del Toro Bravo de la ciudad pidieron por el 5 que parecía hecho a la medida del club y tras un no inicial al año siguiente, de la mano de su entrenador Norberto Cacho Eresuma, lograron su fichaje.

 

De esta manera el pibito que miraba embelesado los festejos de campeonato de Alvarado en 1977, que fue uno más entre los miles de simpatizantes que ganaban las calles en plena algarabía popular, cumplía un sueño, se metía de lleno en el corazón de un barrio que lo convertiría  en uno de los suyos, en uno de sus héroes predilectos, en uno de sus ídolos indiscutidos.  

 

“Jugar en Alvarado me hizo sentir pleno, completo. Cuando era pibe y  cuando ya jugaba en River lo iba a ver. Viendo los partidos pensaba y decía yo tendría que jugar ahí y sabía que por mis características le podía dar mucho al equipo. Alvarado fue y es mi lugar en el mundo, un lugar donde yo me siento cómodo. Siempre que me llamaron acepté la propuesta, con o sin trabajo, siempre le dije que sí. Me encariñé con el club y todos los días siento el afecto de la gente. Alvarado me permitió hacer amigos, nos juntó y ese es el mayor regalo, la relación de amistad  que uno ha hecho a través de los años”.

 

Como jugador fue referente en cada uno de los planteles que integró, un líder, un noble guerrero que afrontó cada batalla futbolera con el cuchillo y el corazón entre los dientes. En 2005 fue el abanderado junto al Tanque Cristian Daguerre y al Pelado Marcos Dotta de una remontada histórica ante Grupo Universitario de Tandil.  El empate de visitante 3 a 3 catapultó al equipo serrano al descenso y le permitió al Torito permanecer en el exigente Argentino B.

 

“Fue un partidazo. El técnico era Luis Murúa. Nosotros estábamos mal económica y físicamente, teníamos muchos pibes, muy buenos jugadores pero muy chicos. Perdíamos 3 a 1 y lo empatamos. Sebastián Fernández había echo el primer gol y después el Tanque Daguerre metió los dos restantes. Al final, cansado de  tanto sufrimiento empecé a pensar en largar todo. Ya me costaba mucho recuperarme desde lo físico. Jugué un años más y dije basta. Mi último partido fue contra el Linqueño”.

 

En 2007, en el cierre de su carrera, el Negro Artero, coordinador de inferiores del club Talleres, lo invitó a sumarse al plantel de primera  que era dirigido por Claudio Lanzoni.  Su derrotero futbolístico culminó  un año después, vistiendo la camiseta de su amado Alvarado en el representativo de la liga local que era conducido por el Tano Daniel Di Fonzo. Ya había terminado el curso de entrenador y esperaba una propuesta que le permitiría desarrollar su nuevo proyecto personal.

 

En 2008, Claudio Lanzoni intempestivamente se alejó de Talleres y los dirigentes portuarios le ofrecieron en pleno desarrollo del certamen hacerse cargo del primer equipo.

 

“Fue algo que me sorprendió. Yo era jugador de Alvarado y se lo comuniqué al Tano y él se puso muy contento. Quiero aclarar que nunca había hablado con la gente de Talleres mientras el entrenador era Lanzoni. La propuesta fue posterior. Zumpano  y Fabián Giovanniello fueron los voceros del acuerdo”.

 

Gustavo Noto comenzaba de esta manera su exitoso camino como director técnico. Su cabeza ahora pergeñaba en el banquillo de los entrenadores sus  vivencias como futbolista y le permitía llevar por fin a la práctica un manojo de buenas ideas, un bagaje de conocimientos prestos para ser ratificados o rectificados en el funcionamiento grupal de un equipo. A su lado, desde el primer día, su fiel compañero: Gonzalo Del Rio.

 

“Nuestra relación empezó a partir que él se retira y decide ser entrenador y me convoca para ser su colaborador. Me gustó la idea y arrancamos en el año 2008 en el club Talleres. A partir de ese momento entablamos una relación profesional y por sobre todo de amistad, hoy digo con orgullo que Gustavo es mi amigo. Desde lo deportivo somos un cuerpo técnico dónde sabemos qué rol cumple cada uno, nos complementamos muy bien, solo con una mirada sabemos lo que uno quiere. Como DT te puedo decir que la mayor virtud que posee Gustavo es el poder de convencimiento hacía sus jugadores y eso se logra con honestidad y capacidad. Hemos tenido la suerte de haber logrado muchos títulos en algunos casos y también no haber tenido éxito deportivo en otros pero siempre inculcó una misma línea de trabajo y de manejo hacía el grupo”.

 

Alvarado en varias etapas, Racing de Olavarría, Unión de Mar del Plata, Camioneros, San Telmo y Talleres de Remedio de Escalada, fueron los equipos en los cuales dejó su sello identitario. Logró tres ascensos, cada uno de ellos con diferentes particularidades.

 

El 22 de junio de 2011 en el estadio José Buglione Martinese, el Chaira olavarriense empató sin abrir el marcador con el Deportivo Roca. En la definición desde el punto penal venció al equipo patagónico y de la mano de Noto logró el traspaso al Argentino A.

 

El 12 de junio de 2012 en una épica final en Roca, Alvarado conquistó el ascenso al Argentino A con una actuación consagratoria de su arquero Ignacio Chiappa. Con Nicolás Colaneri fuera del equipo por una agresión de un simpatizante local en los primeros minutos  del primer tiempo, con una extensa espera de una hora para consentir la continuidad del cotejo y con un electrizante 2 a 2 final,  fueron otra vez los penales y ante el mismo rival los que dirimieron el pleito y se trasformaron en su mejor aliado para alcanzar el éxito.

 

El 13 de noviembre de 2014 Unión de Mar del Plata se trepó al cielo de los inmortales y bajo la conducción táctico estratégica de un inspirado Gustavo Noto escribió la página más trascendente de su vastísima historia institucional. El humilde Celeste superó en el Eva Perón de Junín 1 a 0 a un  gigantesco Talleres de Córdoba y se metió a puro fútbol entre los históricos protagonistas de la B Nacional. El único gol  fue obra y gracia de  Joel Amoroso, figura indiscutida de aquel campeonato.

Si lugar a dudas la conquista con Unión es por relevancia la más trascendente, pero él está convencido que su mejor trabajo como entrenador fue en la temporada 2009 cuando arribó a un Alvarado prácticamente descendido, ubicado trece puntos por debajo del último de la tabla de posiciones, y con nulas aspiraciones de jugar una promoción por la permanencia.

 

Lo impensado se hizo realidad y ante un encumbrado Crucero del Norte, el Torito casi le da forma a un cierre de campaña excepcional. Una ajustada derrota por la mínima en Misiones  y un empate 0 a 0 de local sellaron la suerte de un plantel  que estuvo a minutos de concretar una verdadera hazaña deportiva.

 

Gustavo Noto es indudablemente uno de los mejores directores técnicos del ascenso, uno de los más respetados, uno de los marplatenses con mayor proyección nacional. Un bielsista desde la obsesión por el trabajo y por el compromiso con la capacitación permanente. Un admirador del convincente poder de transmisión de conceptos del Cholo Simeone.  Un noble trabajador del fútbol que busca un estilo personalísimo, perfecta conjunción de ideas, de nombres, de conceptos, de maestros.

 

Un líder que sabe a ciencia cierta que el esfuerzo es la magia que transforma los éxitos en realidad.  Un estratega que tanto en el triunfo como en el fracaso siempre ratificó su compromiso con el juego, que siempre revalidó ante sus jugadores que prefería el protagonismo con la pelota que la especulación y que siempre elije estar en el campo rival que en el propio. Que la posesión del balón es irrenunciable y que la anticipación de todas las líneas en el desarrollo del partido es fundamental.

 

Un entrenador que sabe reconocer sus errores y ante la derrota consumada se erige como el  responsable absoluto de la misma, sin excusas absolutorias ni chivos expiatorios. Un hombre que supo desde siempre, como bien lo expresaba el padre de El Eternauta, Héctor Oesterheld, que el único héroe válido es el héroe colectivo, nunca el héroe individual.

 

Un buen tipo, buena leche, familiero, buen amigo. Orgulloso papá de Mateo, futbolista de la liga local y novato estudiante de primer año de la carrera de Kinesiología. Feliz esposo de Andrea, su ladera, su compañera de vida  hace veintidós años.

 

Quizás al término de estas líneas, Gustavo Noto sea el flamante entrenador de alguno de los equipos que han preguntado por él y desean contratarlo. Dice estar muy bien de la cabeza y preparado emocionalmente para volver al ruedo. El próximo sábado 25 cumplirá cincuenta años de edad y el festejo en plena cuarentena puede acercar alguna muy buena noticia vinculada a su vocación profesional.

 

Cierta vez el entrañable Eduardo Galeano definió magistralmente la personalidad de Negro Jefe Obdulio Varela, gestor y padre  del glorioso Maracanazo en 1950.  Una bella definición que bien le cabe al protagonista de esta columna.

 

“Viene brava la mano, pero Obdulio saca pecho y pisa fuerte y mete pierna. El capitán del equipo uruguayo, negro mandón y bien plantado, no se achica. Obdulio más crece mientras más ruge la inmensa multitud, enemiga, desde las tribunas”.

Gustavo Noto, un trabajador del fútbol, un tipo noble, un guerrero que cuando vino la mala sacó pecho, pisó fuerte y mandón y bien plantado jamás se achicó ante las adversidades. Nunca, jamás. Dentro o fuera de una cancha.

 

Mario Giannotti

 

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