Estas líneas quieren, o al menos intentarán, pasar otra vez por el corazón y revivir desde el afecto ese primer partido de un futbolista marplatense, un crack que desde aquel domingo 25 de setiembre de 1988 embelleció con su técnica todos los paisajes futboleros que le tocó transitar.
“Cuando el juego origina belleza, queda implícito su valor para la cultura”
Johan Huizinga
Releyendo viejas crónicas periodísticas encuentro una perlita gráfica escrita por el Maestro Osvaldo Ardizzone en la revista Goles Match tras la muerte de Hugo Pena el 9 de enero de 1981. El defensor, jugador emblema y figura de San Lorenzo de Almagro había muerto electrocutado en un increíble accidente doméstico. Tenía apenas 29 años de edad.
El mundillo del fútbol tardó mucho tiempo en asimilar aquella absurda tragedia, sobre todo porque Pena era un gran ser humano, un hombre muy querido y respetado en el ambiente futbolístico. Ardizzone, dueño de una pluma rebosante de sensibilidad, sintetizó un dolor popular con un título que hizo historia: “A la muerte hay que matarla”.
Estas líneas están dedicadas a Alejandro Giuntini, un marplatense que nos enorgullecía cada vez que pisaba un campo de juego. Un flaco que melena al viento embellecía con su técnica el paisaje futbolero de un partido de fútbol. Un distinto, dentro y fuera de una cancha, un ser pensante, un hombre digno que hizo camino al andar y que defendió sus ideales hasta los últimos días de su vida. Un pibe respetado, admirado, amado.
El 16 de julio de 2016 la odiosa muerte pudo al fin doblegar a ese tiempista zaguero rubio, que cabeza levantada y pelota al pie, abolía todos y cada uno de los intentos de gol de los delanteros rivales. Todavía lo veo trepado al alambre olímpico de la Bombonera en ese festejo de campeonato en 1992, ascendiendo a la gloria, buscando tal vez un cielo que lo haga inmortal.
Muchos cuando supimos de su deceso con apenas 49 años de edad también pensamos como el viejo Ardizzone que “a la muerte hay que matarla”. Fernando Villecco, amigo incondicional de Alejandro, me cuenta que ha envejecido quince años y que el recuerdo le apretuja el corazón. “Cada vez que hablo del Flaco me largo a llorar, no lo puedo digerir. Ale era una persona extraordinaria, hablaba con él por teléfono y ya sabía que me estaba pasando. Éramos amigos desde los doce años, después compartimos nuestras vidas. Yo soy el padrino de su hija mayor. Cuando se fue los años se me cayeron encima y sentí que había perdido un brazo o algo más”.

Estas líneas desean recordar la figura de un deportista ejemplar. Acaso su debut en Vélez Sarsfield, el 25 de setiembre de 1988, a días nada mas de haber probado suerte en el equipo de Villa Luro, puedan descifrar con precisa exactitud la personalidad y el talento de un jugador, que ajeno a toda tipo de extensas y cuestionables experiencias en las divisiones menores de un equipo capitalino, pasaba con éxito desde Deportivo Norte a uno de los principales clubes de la élite del campeonato argentino.
Carlos Miori, el entrañable Virrey Primero de la Perla, fue quien motorizó el desembarco de Giuntini a Vélez. Miori, ídolo indiscutido de los aurinegros, compañero de Alejandro en Norte, intermedió para que el marplatense Julio Santella, preparador físico del cuerpo técnico que encabezaba Daniel Willington, le abriera las puertas a ese joven defensor que destellaba en el certamen local. Giuntini impresionó con su juego a los dirigentes y a los entrenadores que presenciaron la prueba.
El rubio pelilargo que había embelesado con su técnica a los simpatizantes que seguían las divisiones menores de Peñarol, que había conquistado el exquisito paladar de los estoicos y exigentes hinchunes de Kimberley, que había ilusionado a los seguidores de Norte camino a un anhelado ascenso al fútbol profesional; viviría en la mismísima Bombonera uno de los días más significativos y felices de su vida deportiva.
Oscar D´Addato, hombre fuerte y responsable del proyecto futbolístico de Deportivo Norte en los finales de los 80´, visionario dirigente que le compró el pase de Giuntini a Kimberley, manejó el traspaso económico de la joven promesa norteña a Vélez.
“Alejandro era un crack, por eso aposté por él y lo traje a Norte. Me acuerdo que Carlitos Montenegro, técnico del primer equipo, me dijo que no dudará ni un segundo y que lo sumara inmediatamente al club. El pase de Giuntini fue directo con Vélez. Para cerrar la operación me reuní con el presidente Francisco Pérez y con los vice Rodríguez y Norberto Cacho Recasens. Después, a los quince días Ale debutaba contra Boca y la rompía, era una de las figuras del partido. Es increíble, un caso único”.
Meto la mano en la cajita de los recuerdos y busco en mi colección de revistas El Gráfico la edición 3599 que narra el debut de Alejandro Giuntini en primera división. En la tapa emerge la figura de Ben Johnson, brillante ganador en Seúl de los 100 metros llanos. En letras molde un título que promociona la gesta deportiva en tierras coreanas. “Juegos olímpicos, sublimes, grandiosos, inolvidables”.
En las páginas interiores releo una dura editorial de José Luis Barrio, despiadada crítica a la pésima realidad del deporte argentino en Seúl 88. Los enviados especiales a los Juegos Olímpicos apenas destacan el quinto puesto del ciclista marplatense Juan Curuchet en la especialidad vueltas puntuables, el buen nivel del vóley las chances medallistas de Gabriela Sabatini y Martín Jaite en tenis. En fútbol, en tanto, una deslucida Selección había sido eliminada por Brasil en octavos de final.
Los lectores de las páginas dedicadas al automovilismo podían disfrutar del análisis del triunfo del Volkswagen 1500 de Guillermo Yoyo Maldonado en Allen, Río Negro, en el marco de la undécima fecha del Campeonato Argentino de Turismo Competición 2000. Orlando Rios, por su parte, examinaba desde Roma el futuro de Oscar Poppy Larrauri en la Fórmula 1 Internacional al comando de uno de los autos de la poca auspiciosa escudería Euroburn.

En la sección “Chau domingo”, se distinguen dos debuts que dejaron una excelente imagen en los cronistas de todos los medios que cubrieron la tercera fecha de primera.
El Gráfico resaltó que Adrián el Pirata Czornomaz, promesa goleadora de la cantera de Independiente de Avellaneda, hizo una muy buena presentación frente a Argentinos Juniors. Más abajo, sobre el extremo izquierdo de la página una foto y un texto inolvidable. “El pibe Giuntini sale al cruce de Perazzo. El de Vélez debutó y agradó. Marplatense, 21 años, apareció en la Bombonera y asombró por su pasmosa serenidad”.
Cabe señalar que aquel torneo de 1988 se disputó con una pretenciosa y fugaz innovación reglamentaria de AFA que establecía que los partidos que terminaban igualados debían definirse con ejecuciones de tiros penales, otorgándosele un punto extra al equipo vencedor.
La mencionada jornada tuvo ocho empates que se dirimieron desde el punto penal. El triunfo 2 a 1 de River sobre San Lorenzo y la victoria de San Martín de Tucumán 1 a 0 ante Newell´s, fueron los únicos dos encuentros que finalizaron en los 90 minutos reglamentarios.
Antes de repasar puntillosamente el empate 0 a 0 entre Boca y Vélez, con el debut de Ale Giuntini, apunto algunos datos y un puñado de nombres de futbolistas marplatenses que también fueron partícipes de aquel domingo 25 de setiembre.
El Flaco Menotti era el entrenador de River, de un plantel que contaba con jugadores de primera línea, entre ellos, Claudio Borghi, Daniel Passarella, Abel Balbo, Milton Melgar, Gerardo Reinoso y el Polilla Da Silva. En el Cuervo de Héctor Rodolfo Veira ingresó en el segundo tiempo Gustavo Tempone por Ángel Bernuncio.
Ferro empató con Racing 1 a 1. El 10 del Verde fue Gustavo Cepillo Acosta y en el banco de relevos esperaba su momento un juvenil Germán Adrián Ramón Burgos. El Pato Fillol, cuando no, era el héroe de la Academia. En la igualdad en un tanto entre Independiente y Argentinos Juniors, Jorge Gáspari fue titular en los Bichitos de la Paternal que tuvo como figura a un exquisito Fernando Redondo. En el Rojo fue de la partida el delantero Martín Félix Ubaldi. En Platense, el Peto Perissé jugó el segundo tiempo del pleito que finalizó igualado en un gol con el difícil y utilitario Deportivo Español.
Aquí y ahora vuelvo desde las páginas de mi biblia futbolera a aquella jornada mágica, inolvidable, soñada. “Boca no acertó ni lo penales”, fue el título de la nota de Juvenal. El experimentado periodista ponderó las buenas prestaciones de los defensores velezanos, especialmente las de Alejandro Giuntini y Raúl Cardozo, rescató la jerarquía de Juan Simón y las atajadas claves del Mono Carlos Fernando Navarro Montoya en el xeneize.
Vale señalar que Boca no pudo contar por lesión con su goleador Alfredo Graciani, mientras que los de Liniers extrañaban a Mario Lucca, al Cholito Diego Simeone y al Chacho Claudio Cabrera, afectados al seleccionado argentino que disputaba en Corea los Juegos Olímpicos.
Escribió Juvenal: “Vélez con el debut absoluto de su back centro Alejandro Víctor Giuntini, marplatense de 21 años, con dos derrotas consecutivas en el arranque del campeonato, parecía el adversario ideal para que Boca siguiera la racha triunfal iniciada ante River. Vélez fue solvencia defensiva en su flanco izquierdo con Rojo y Cardozo, la firmeza con que respondía el debutante Giuntini, la seguridad del Tubo Fernández, la lucha de Salvador Frega y Sandoval y la claridad de Claudio Morresi”.
El entrenador de Boca, el Pato Pastoriza, fue determinante con su apreciación. “Anduvieron mal los hombres que manejan el equipo: Marangoni y Tapia. Muy imprecisos con la pelota. Y el rendimiento del equipo se resintió. No es normal que jugadores de esa categoría pierdan tantas pelotas. Además, a Boca lo noté cansado. Pero no es para preocuparse. Esto se arregla jugando y descansando”.
Boca formó con Navarro Montoya; Abramovich, Simón, Richard Tavares y Hrabina; Fabián Carrizo, Claudio Marangoni, Walter Pico (José Luis Villarreal), el Chino Tapia; Walter Perazzo y la Porota Barberón (Diego Latorre). En el banco estuvieron Néstor Merlo, -años después arquero y figura en Aldosivi-, José Luis Cuciuffo e Ivar Stafuza.
Vélez dirigido por Daniel Willington alistó a José Luis Fernández; Macat (Adrián Gallego), Alejandro Giuntini, Rojo y Raúl Ernesto Cardozo; Frega, Sandoval y Claudio Morresi; Adrián Bianchi, Maximiliano Cincunegui y González Verón. Fueron suplentes Aimegide, Manzano, Leonardo Rodríguez y el Indio Fabián Vázquez
En la definición por penales anotaron Cincunegui, Abramovich, Moressi, Perazzo y Frega. Desviaron sus ejecuciones Carrizo, Sandoval y Marangoni. El Tubo Fernández le había atajado el disparo a Enrique Hrabina. Triunfo y punto extra para Vélez en la tarde de domingo en la cual uno de los mejores jugadores de la historia del fútbol de Mar del Plata impresionaba por su jerarquía a propios y extraños.
Desde la radio Víctor Hugo Morales describía en su relato las virtudes de aquel jovencito, un desconocido, espigado rubio de pelo largo que salía con pasmosa serenidad desde su área y le ganaba en todo los cruces el duelo al reconocido nueve auriazul, Walter Osvaldo Perazzo.
Gustavo Galera, otro de los incondicionales amigos del alma de Alejandro Giuntini, viajó a Buenos Aires para ver el debut de su compinche. Meses atrás ambos se habían enfrentado en el torneo liguista. Gustavo vistiendo los colores de Aldosivi, Alejandro los de Deportivo Norte.
Giuntini, Villeco y Galera
“Viajé con Fernando Villecco. Nos enteramos creo que el miércoles previo que el Flaco debutaba. Con Ale, Fernando y Adrián Lombardi éramos además socios de Collage, un café que estaba en 9 de julio esquina Funes, porque Ale por entonces estudiada en la Escuela de Artes Visuales Martin Malharro. Fuimos a la popular alta de Boca y casi en silencio disfrutamos de una emoción increíble. Jugó como si hubiera tenido muchos partidos en primera y nosotros con Fer mirando cómo no pudiendo creer lo que estábamos viviendo”.
Estas líneas quieren, o al menos intentarán, pasar otra vez por el corazón y revivir desde el afecto ese primer partido de un futbolista marplatense, un crack que desde aquel domingo 25 de setiembre de 1988 embelleció con su técnica todos los paisajes futboleros que le tocó transitar. Un distinto, dentro y fuera de una cancha, un ser pensante, un hombre digno que hizo camino al andar y que defendió sus ideales hasta los últimos días de su vida. Un pibe respetado, admirado, amado.
Para el cierre de esta columna transcribo una sabia reflexión de Jorge Valdano. “Todo equipo que trate bien el balón, trata bien al espectador”. Pienso en Alejandro Giuntini y parafraseando a Valdano agregó que “todo jugador que trate bien el balón, trata bien al espectador”.
Giuntini fue y será el buen trato y el respeto por la pelota, la defensa de los ideales, un pregón filosófico en pos de la nobleza de los recursos utilizados, un inquebrantable compromiso por la generación de belleza en el juego, un gran ser humano, muy familiero, un tipo excepcional, un amigo incondicional de sus amigos.
Pasa el tiempo y yo como tantos otros, cada vez que llega el 16 de julio me acuerdo una y otra vez de aquel majestuoso título de Osvaldo Ardizzone y entonces escribo con furia, con rabia, con pena, con el corazón en la mano. Cuánta razón tenías Maestro: ¡A la muerte… hay que matarla!
Mario Giannotti