La ciudad balnearia de Villa Gesell es popularmente conocida por su centro comercial, sus playas del norte y el ambiente festivo que se apodera de la Avenida 3 cada verano. Pero, ¿cuántos de nosotros conocemos realmente cada rincón de la ciudad?
A treinta kilómetros del centro urbano, donde los edificios desaparecen y el paisaje vuelve a su estado más primitivo, la Reserva Natural Faro Querandí guarda historias que poco tienen que ver con las postales turísticas convencionales. Llegar hasta este lugar no es tan sencillo como parece; el acceso es por la playa desde Mar Azul, recorriendo varios kilómetros de arena con el mar a un lado y las dunas elevándose al otro.
Una torre centenaria perdida entre las dunas
El Faro Querandí fue construido entre 1921 y 1922, convirtiéndose en el primer edificio de lo que más tarde se convertiría en el distrito de Villa Gesell. La estructura alcanza una altura de 54 metros con rayas blancas y negras que se pueden ver desde kilómetros de distancia. Su nombre recuerda a los querandíes, los indígenas que habitaron la región del Río de la Plata hace siglos. Los 276 escalones de la escalera de caracol conducen a la cima, aunque actualmente está prohibido subir por recomendación de la propia Armada.
Alrededor del faro hay cuatro hectáreas de bosque, que contrastan con el desierto de arena circundante. El personal naval plantó pinos, cipreses, álamos y acacias para proteger la estructura de los vientos que azotan constantemente la costa. Este escenario es un motivo ideal para buscar pasajes a Villa Gesell y visitar un punto de la ciudad que pocos turistas conocen.
Dunas vivas y fauna silvestre oculta
La Reserva Natural Faro Querandí se creó en 1996 para proteger 5757 hectáreas de ecosistema dunar en un estado prácticamente intacto. Cuenta con 21 kilómetros de costa en los que coexisten playas, dunas móviles, marismas y pampas.
La fauna que sobrevive en este entorno inhóspito es notable. El lagarto de las dunas, declarado Monumento Natural Provincial, es endémico de esta zona y se considera una especie en peligro de extinción. Otro hábitat de esta zona es el tucu-tucu costero, un roedor que excava bajo la arena, haciendo túneles. Entre las aves se encuentran gaviotas, chorlitos y ostreros, que ponen sus huevos camuflados directamente sobre la arena.
El sendero «Los Senecios» tiene una duración aproximada de 40 minutos y cuenta con carteles que identifican las huellas de diferentes especies. No se admiten mascotas y se pide a los visitantes que no perturben el frágil ecosistema, respetando las señales de tráfico.
Aventura en la arena
Las dunas de esta reserva alcanzan hasta 30 metros de altura, formando un paisaje casi desértico. Muchas personas aprovechan eso para practicar sandboard, una versión playera del snowboard en la que se desciende por las dunas sobre una tabla de madera. La mayoría de los viajes desde Mar Azul incluyen un recorrido en camioneta por la playa, paradas para quienes tengan ganas de practicar sandboard y, finalmente, una visita al faro. Algunos operadores utilizan viejos vehículos militares de la Segunda Guerra Mundial, lo que añade un toque especial a la experiencia.
Mientras que el norte sigue creciendo con nuevos complejos y modernos resorts, el sur conserva un toque rústico que, en la costa argentina, es cada vez más difícil de encontrar. Para aquellos que quieran alejarse del circuito geselino, los 30 kilómetros que conducen al sur ofrecen otra perspectiva del resort.