Corrupción y voto: el enigma que persiste pese a los escándalos y a los discursos moralizantes

Corrupción y voto: el enigma que persiste pese a los escándalos y a los discursos moralizantes

Aunque los casos de corrupción dominan portadas y discursos, su impacto real en las urnas es difuso. Especialistas coinciden en que pesa, pero condicionado por economía, grieta y doble moral.

25 de noviembre de 2025

La discusión sobre cuánto influye realmente la corrupción en el voto vuelve a ocupar el centro de la escena política. El tema resurge en un contexto donde el presidente de extrema derecha acaba de obtener un triunfo legislativo contundente, aun cuando su gobierno llega con varios escándalos a cuestas: el Libragate, el caso ANDIS, el avance del expediente Libra y las derivaciones del llamado Narcogate, que incluso rozaron a José Luis Espert. Pese a semejante carga, el oficialismo salió fortalecido de las urnas. Esa aparente contradicción reabre el interrogante: ¿la corrupción pesa tanto como se declama o funciona más como una postura públicamente correcta que no necesariamente se traduce en decisiones electorales?

 

La pregunta se vuelve más relevante cuando se observa que, históricamente, los gobiernos signados por episodios resonantes –del menemismo al kirchnerismo– no siempre pagaron ese costo en las urnas. Y vuelve a adquirir fuerza cuando causas sensibles, como el juicio por los cuadernos o el procesamiento de Alberto Fernández por los seguros, conviven con denuncias recientes que complican a funcionarios actuales y hasta al propio entorno presidencial sin que eso afecte de manera decisiva la voluntad electoral.

 

Un reciente estudio de las consultoras Trespuntozero y La Sastrería confirma que la sociedad asocia la corrupción con la política en su conjunto y desconfía de todos los niveles de responsabilidad pública. La nube de palabras construida en ese trabajo muestra un escepticismo transversal: nadie aparece libre de sospecha y, cuanto mayor es el poder, mayor es la desconfianza. Aun así, Javier Milei no logra superar lo que los investigadores llaman “la prueba de la blancura”.

 

¿Por qué entonces esa brecha entre indignación y voto? Lucas Romero, de Synopsis, sostiene que conviven el sesgo de confirmación y la presión de las urgencias materiales: la gente condena la corrupción, pero espera primero que le resuelvan problemas concretos. Shila Vilker, de Trespuntozero, afirma que se trata de un motor central del votante antiperonista, aunque actúa más como un disparador en momentos de crisis económica. Gustavo Marangoni, de MyR, suma que pesa más en los períodos de declive político que en los de expansión. Y Gustavo Córdoba, de Zuban Córdoba, advierte que la grieta potencia lecturas selectivas: la corrupción siempre es “del otro”.

 

Los analistas coinciden en que existe una doble moral construida al calor de la polarización. En los oficialistas se minimizan los casos propios; en los opositores se magnifican los ajenos.

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