La complicación central está en la cubierta. La tierra ingresa entre las tejas, el pasto crece y sus raíces comienzan a levantarlas. Entonces ocurren las filtraciones de agua, que humedecen y debilitan la estructura, peligrando su estabilidad.
La Catedral de Mar del Plata constituye el mayor templo católico de la ciudad y el tercero más grande de la provincia, después de la Catedral de La Plata y la Basílica de Luján. El 28 de agosto de 1995 fue declarada Patrimonio Histórico Nacional por su valor simbólico y social, además de su trascendencia artística y arquitectónica.
Las últimas reparaciones realizadas datan de julio de 2018. La estructura, de estilo neogótico, enfrentó una reforma en que se instalaron cúpulas nuevas, desagües y se rehizo la zinguería. Además, se impermeabilizaron las terrazas de manera provisoria, hasta poder cambiar el tejado dañado.
Mientras tanto, una malla protectora recubre la zona del techo, cuyos detalles no llegan a apreciarse. Sobre este aspecto, el Párroco de la Catedral Ariel Sueiro sostuvo al Portal de la Universidad que “cuando las tejas sean reemplazadas y las filtraciones del techo arregladas, recién entonces podrán sacarse las redes, antes, no”. Sin embargo, a día de hoy, la renovación no ha podido realizarse por falta de fondos.
La obra de 2018 fue financiada por empresarios locales. Anteriormente, la reforma del 2010 fue asistida por el gobierno nacional, mediante un subsidio gestionado por la Provincia. Coordinada por la Dirección Nacional de Arquitectura (DNA), coloristas trabajaron para determinar el color original del edificio y desarrollar productos durables, aptos para resistir a las condiciones climáticas en la cercanía con el mar. De esa manera, la obra se enfocó en el exterior del edificio, dejando de lado el arreglo del interior, que tenía problemas de humedad.
De acuerdo al Párroco, la complicación central está en la cubierta. La tierra ingresa entre las tejas, el pasto crece y sus raíces comienzan a levantarlas. Entonces ocurren las filtraciones de agua, que humedecen y debilitan la estructura, peligrando su estabilidad.
En la Catedral, las colaboraciones de los feligreses no alcanzan para sufragar la inversión que significaría un trabajo a gran altura, con andamios y de precisión. Las tejas, importadas de Viena, “son sumamente delicadas, y deben ser despegadas con cuidado, para que no se rompan”, comentó el Padre Ariel Sueiro. “Naturalmente, son muy costosas. Es económicamente difícil reemplazarlas”, declaró.
Además de la reparación de la nave central alta del techo, se requiere ornamentación nueva e intervenir los vitrales, a los que les faltan pedazos. “Son pocas cosas, pero complejas, y muy caras”, estableció Sueiro. A aquellas remodelaciones se le suman los mantenimientos de las puertas y rejas del exterior, que deben pintarse y barnizarse cada tres años para ser protegidas de “la inclemencia del tiempo, sumado a las condiciones climáticas”, destacó el Párroco.
El exministro extraordinario de la Sagrada Comunión, Carlos Castorina, frecuentó la Catedral desde 1965, en medio de sus estudios de Catequista Diocesano y posterior profesorado de teología, afirmó que: “lo que pasa con la Iglesia es que son monumentos históricos, y sin ayuda del Estado, es muy difícil poder mantenerla. Si de por sí mantener una casa es complicado en términos económicos, una estructura tan grande es prácticamente imposible. No digo que sea el Estado el que tiene que encargarse, porque se trata de una religión”.
En otras regiones, la Iglesia logra financiarse por otros medios. En gran parte de Europa, un porcentaje del salario o de las ganancias de cada ciudadano van a la religión que corresponda. Uno debe adherirse a ella y contribuye económicamente a su sostén. En otros países, como Italia, para ingresar a un templo se debe pagar de dos a cuatro euros. “Para nosotros es mucho, pero es lo que cobran para poder mantenerse”, contó Castorina.
Fuente: Portal de la Universidad