La sagrada alianza

La sagrada alianza

El acuerdo entre Montenegro y Abad parece inquebrantable. La negociación interna para la elección del Defensor del Pueblo molestó a la Coalición Cívica quien se ausentaría de la sesión. Por lo bajo dentro del PRO le ponen fecha de vencimiento al “modelo Mar del Plata”.

15 de julio de 2024

La elección del Defensor del Pueblo seguramente generará algo de ruido y dejará una certeza: la alianza entre el intendente Guillermo Montenegro y el Senador Nacional Maximiliano Abad parece inquebrantable. Este entendimiento va mucho más allá de la injerencia de los partidos a los que pertenecen, es asimilable a un acuerdo personal.

 

Casi nadie se atreve a cuestionar el liderazgo de Abad dentro del radicalismo local, al punto que sus otrora socios o enemigos terminan por transformarse en un engranaje más de su maquinaria política. El dirigente radical ha logrado que los “boina blanca” acepten el verticalismo como única forma de no alejarse o perder del “poder” pese a que muchas veces no tienen en claro qué hacer con él.

 

En el caso de Montenegro su fortaleza radica en la lapicera: desde ese pedestal ordena al PRO y contiene a los más díscolos, ya sean de su propia fuerza o algún ocasional socio. El alcalde tiene territorio y visibilidad, además de un olfato político destacable y una innegable capacidad de no mostrar sus cartas, atributos que lo hacen indescifrable para propios y extraños.

El acuerdo entre ambos dirigentes quizás encuentre su origen en aquella PASO en la que Montenegro se impuso a Baragiola (pese a que la candidatura de la ahora Secretaría de Desarrollo Social había logrado encolumnar a todo el radicalismo local). El radicalismo se mostró un tanto reticente a acompañar a quien resultaría electo intendente de la mano de la saliente María Eugenia Vidal, pero fue Abad quien tomó la posta y secundó al alcalde en aquella cruzada. Los motivos de aquel alineamiento son tantos como las fuentes consultadas. Desde ese momento resultaron inseparables.

 

En honor a la verdad Montenegro le debe a Abad buena parte de su gobernabilidad: el radicalismo ocupa un rol fundamental en el gabinete además de presidir el Concejo Deliberante a fuerza de contar con 5 concejales sobre un total de 13 del interbloque oficialista. El equilibrio entre ambos caudillos es indispensable, pero difícilmente sea eterno.

 

Todo parece indicar que la Coalición Cívica pegará el faltazo a la hora de elegir el Defensor del Pueblo, en quizás el primer desafió público al intendente. Según adelantamos en este medio “el malestar de la Coalición Cívica se materializó con la solicitud de licencia por parte de sus dos concejales, Angélica González y Guido García, quienes argumentaron razones personales para ausentarse de la sesión del Concejo Deliberante donde se definirá la designación del Defensor del Pueblo. Dejarán sus lugares a Franco Luchina (GEN) y Piccolo (PRO), conforme a la sucesión establecida en las listas electorales”.

 

En los pasillos se comenta que el enojo se extiende más allá del desaire de los ediles de la CC. Algunas voces dentro del PRO habrían cuestionado por la bajo la decisión del intendente pese a que no se animaron a desafiarlo. Es comprensible que existan diferencias dentro del PRO ya que algunos creen que el acuerdo con el radicalismo tiene las horas contadas y se inclinan por una posible conformación de una coalición electoral con La Libertad Avanza. Montenegro debe mantenerse alejado de esa discusión al menos hasta diciembre del año que viene. Una ruptura con el radicalismo significaría perder el control del deliberativo, algo que no podría permitirse en este momento. Pero todos saben la realidad supera a las especulaciones y que el matrimonio entre radicales y macristas es difícil de sostener a largo plazo. Los caudillos también lo saben, pero al menos por ahora harán lo imposible para evitar un divorcio que perjudicaría a ambos.

Hasta hace apenas algunos meses el PRO deambulaba ideológicamente unido solo en base al nivel de antikirchnerismo en sangre, pero luego del triunfo de Milei ya sea por interés o convicción el partido que preside Mauricio Macri se muestra como una fuerza política de “derecha moderada” dispuesta a defender a capa y escapa las decisiones del libertario incluso más allá de un inexistente acuerdo de gobernabilidad.

 

Esta definición del PRO complica una alianza duradera con el radicalismo encarnado en Maximiliano Abad quien pese a mostrarse colaborativo con el gobierno nacional no solo en la sanción de la Ley Bases (de hecho, su voto permitió el empate que a la postre derivaría en la aprobación del proyecto luego del 36 a 36), tarde o temprano debería intentar encontrar un perfil propio o deberá conformarse con ser nuevamente furgón de cola pero esta vez a riesgo de perder representación legislativa y por consiguiente poder de negociación.

 

Es por eso que algunas voces comienzan a ponerle fecha de vencimiento a este entendimiento. 

 

En la oposición desde ya que no todo es color de rosa, pero su posición minoritaria en el deliberativo sumado el rechazo a las políticas de Montenegro y Milei funciona como una especie de pegamento entre los distintos bloques que actúan en la mayoría de los temas como un interbloque pese a que cada uno intenta resguardar su identidad con gestos inocuos. En este espacio las internas recién serán prácticamente inevitables el año entrante, existiendo incluso la posibilidad que la unidad sea solo coyuntural. Ya tendremos tiempo de analizarlo.

 

Lo cierto es que el “modelo Mar del Plata” tan aclamado dentro de la coalición “Juntos” afronta su primer gran desafío del que seguramente resultará airoso pero que dejará algunas heridas difíciles de sanar.

 

Hasta la próxima.

 

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