La región Mar del Plata parece navegar sin destino. El día a día le ganó hace ya algún tiempo a la planificación. En este contexto el deliberativo quedó reducido a una mínima expresión pese a que en algunas oportunidades aún muestra signos de buena salud. La obsesión del Ejecutivo por manejar la agenda.
Seguramente muchos de ustedes pensaron con la mejor buena predisposición que la irrupción de un outsider modificaría algunas prácticas de aquellas que arbitrariamente denominaron propias de una “casta” o de la “rosca” en las ya lejanas elecciones del 2023.
Reivindicar la “rosca” sin caer en el romanticismo de los que hacen de ella su única práctica política es un error, pero menospreciar el diálogo como herramienta de transformación es sepultar la política. La “rosca” entendida como el acercamiento por medio del intercambio de personas que no necesariamente piensan igual en el campo ideológico o procedimental es un recurso indispensable en cualquier sistema democrático que se precie de tal. La “rosca” no es necesariamente sinónimo de oscuridad y malas prácticas.
No vale la pena hacer nombres propios, pero en el Concejo Deliberante el diálogo entre el oficialismo y la oposición prácticamente no existe. Las mayorías circunstanciales suelen ser enemigas del trabajo legislativo, ya que solo basta con atrincherarse en la obediencia partidaria para que el barco flote. El problema radica en que al barco le está entrando agua por todos lados.
Hace ya algún tiempo que el deliberativo no está a la altura de las necesidades de los ciudadanos de a pie, y esto no es necesariamente una crítica a los concejales puesto que sin lugar a dudas hay muchos que dan muestras constantes de su capacidad, pero en la nimiedad del debate queda expuesta una gestión que pretende que las agujas del reloj avancen sin alterar nada a su paso.
La oposición hace lo que puede y lo que haría cualquier oposición en minoría: intentar al menos no pasar desapercibidos. Algunos lo logran y otros parece que lo intentan. Lo cierto es que el debate está anclado en posicionamientos partidarios lo que muchas veces impide arribar a las soluciones que muchos vecinos imploran. Entonces caemos en la trampa de creer que el deliberativo no puede hacer mucho más que expresarse sobre diversos temas y que su capacidad real de trasformar casi no existe: esto desde ya que no es así.

Los sucesivos sainetes en algunas comisiones presididas por concejales opositores sumado a las muchas veces irrelevantes e interminables discusiones que se suscitan en cada uno de los plenarios no hacen más que menoscabar la representatividad de nuestros legisladores más próximos (y quizás más importantes).
El Concejo Deliberante debería ser el lugar en donde se debaten algunos de los grandes temas de la ciudad, pero haciendo un ejercicio mental rápido quizás los últimos encuentros productivos fueron el posicionamiento en la Comisión de Industria en relación a algunos puntos la Ley Bases/DNU 70 y el abordaje en una Jornada de Trabajo de la crisis en el IOMA. Una prueba de la importancia de la construcción de consensos es que ambas jornadas contaron con la participación de casi todas las fuerzas políticas pese a que las convocatorias fueron realizadas por ediles oficialistas u opositores. En otras palabras, cuando se quiere se puede.
Analizar los motivos que llevan a los distintos bloques a tomar ciertas decisiones no deja de ser un ejercicio conjetural, y seguramente puede que los asista algo de sentido común en sus razonamientos, pero a esta altura deberían entender que tenemos como sociedad demasiados problemas como para anteponer algunos argumentos.
Lo innegable es que al Ejecutivo le interesa muy poco que el deliberativo maneje la agenda, y esto se debe a que existen muchos frentes abiertos entonces cuando un tema importante ingresa en el Concejo es para jugar el juego de la dilación, un par de ejemplos son la esencialidad de los trabajadores municipales y el nuevo convenio colectivo. El deliberativo funciona como una especie de amenaza latente en una botonera manejada por el intendente sabiéndose cómodos con una mayoría que excede a la coalición electoral triunfadora en las últimas elecciones locales.

En este contexto hacer referencia a las rencillas internas en el PRO, Unión por la Patria o la UCR puede resultar hasta un agravio para muchos marplatenses y batanenses, no porque no sea importante la vida democrática interna de todas y cada una de las fuerzas políticas, sino porque ese debate muchas veces pospone decisiones trascendentales.
Justamente uno de los problemas que afronta el oficialismo en su conjunto es el posicionamiento político de cada una de sus fuerzas y los matices que cada día quedan más en evidencia. Montenegro sigue haciendo equilibrio entre el PRO y la LLA o una posible fusión entre ambos. El alcalde viene jugando este rol desde las primarias del año pasado. Sin lugar a dudas él y su entorno han demostrado singular expertis en ese terreno porque pese a que muchas veces parece imposible, Montenegro suele obtener lo que quiere. La pregunta que nos hacemos muchos por estos días es ¿qué quiere? Y quizás ni siquiera él tenga esa respuesta porque la incertidumbre y la mal llamada “rosca”, entendida como la negociación constante por mantener una pequeña cuota de poder simbólico o un simplemente cargo, eclipsa la gestión y engrosa la “casta”.
El problema nunca fue la “casta” ni la “rosca”: el problema son sus prácticas, sus vicios y más que nada sus olvidos.
Hasta la próxima.