Mucho ruido y pocas nueces

Mucho ruido y pocas nueces

La interna del PRO ocupa un lugar central en el mundillo político. En la intención de apropiarse o interpretar mejor el cambio se olvidaron todo aquello que querían cambiar y hoy quedaron enfrascados en una pelea por la supervivencia. ¿Qué hará Montenegro?.

30 de mayo de 2024

Son muchos los que se preguntan por qué la imagen positiva de Javier Milei se ubica en niveles más altos de los que justificaría un ajuste generalizado y una recesión en vías de convertirse en pesadilla, y lo hacen incluso tratando de encontrar en los errores aciertos o en la excentricidad algo que no se parezca al mesianismo.

 

Pero la respuesta no es está en una supuesta derrota en la tan mentada “batalla cultural” que aún no está resuelta. La respuesta al fenómeno Milei se encuentra en buena medida en la oposición.

 

Encontramos en estos meses tres tipos de opositores: la “oposición dura” conformada por lo que queda de Unión por la Patria, una coalición que podría denominarse pan-peronista y que se encuentra en pleno estado de deliberación en lo que se refiere a liderazgos pero que se ha mantenido unida en el parlamento, la “oposición tibia o dialoguista” encarnada por la Unión Cívica Radical, la Coalición Cívica, un sector marginal del peronismo que supo acompañar a Mauricio Macri y algunos legisladores de origen radical o socialista, y por el último el PRO, que no dudó tempranamente en calzarse el disfraz libertario dilapidando su propia identidad.

 

En todos los sectores opositores existen internas, pero la del PRO llama poderosamente la atención quizás por la apropiación de una palabra: el cambio. Sabemos que algunos dirán que es una tontería, pero los cimientos ideológicos del PRO se relacionan con una supuesta capacidad a la hora de gestionar y por considerarse encarnación política del cambio.

 

Cambiar es dejar una cosa o situación para tomar otra, pero también es convertir o mudar algo en otra cosa, frecuentemente su contraria. En ningún caso cambiar significa mejorar y allí radicó buena parte del problema de la coalición electoral Juntos por el Cambio. La primera de las acepciones es vacía y funciona como una simplificación útil en un sistema de dos coaliciones disputándose el poder, pero la segunda trae aparejada una transformación que se identifica por ser lo opuesto a lo que se enfrentaba. La interna que desangra al partido que supo llegar al poder de la mano de Mauricio Macri podía resumirse en la interpretación predominante del significado del cambio.

Quizás un poco tarde un sector del PRO se despertó de la mano de un destratado Mauricio Macri y entendió que el cambio era un artilugio comunicacional que no significaba mucho más que alternar y convivir, pero otro sector del PRO entiende que cambiar es algo más profundo, es una construcción por la negativa: ser distintos al kirchnerismo aunque eso signifique no reconocerse a si mismos. Patricia Bullrich, la estandarte del PRO libertario, es el ejemplo de una carrera política tan extensa como indescifrable e incoherente, pero que encontró tardía y convenientemente su eje en la oposición al kirchnerismo en cualquiera de sus formas. Un recurso que otros dirigentes hicieron propio.

 

Al parecer Macri entendió que una fusión con los libertarios terminaría por destruir su creación, ya que al igual que hizo el ingeniero durante su mandato, Milei no piensa en un cogobierno sino en un esquema de sumisión, si el PRO no se “planta” desaparece. En cambio, Bullrich entiende que el cambio es el de la libertad, como en el algún momento fue la República o la honestidad, que son ni más ni menos que valores que podrían colarse en cualquier política pública o plataforma electoral de cualquier partido o coalición pero que en el vació ideológico en el que se subsumió Juntos eran prácticamente lo único que supuestamente los unía, además de una mayor o menor grado de anti kirchnerismo en sangre.

 

La experiencia Cambiemos fracasó y su maquillada versión denominada Juntos nunca fue una alternativa real de poder, porque de tanto hacer hincapié en el cambio sin darle contenido real al término apareció un outsider al que la palabra le caía perfecta. Javier Milei es el emergente de la desteñida disputa entre la continuidad y el cambio que nunca supo ser un ejercicio de alternancia civilizada y que terminó por hartar a un tercio del electorado que dijo basta. Una buena parte de ese electorado sigue respondiendo a la lógica que dio origen a Cambiemos en contraposición al kirchnerismo, pero muchos votantes jóvenes y no tanto patearon el tablero porque no rechazaban dos modelos que habían, a su entender, fracasado.

 

Más allá del extenso análisis, la lucha en el PRO es por la supervivencia, no es una cuestión ideológica como podría darse en el radicalismo o el socialismo, sino que simplemente están tratando de plantar bandera para quedar mejor parados en la conformación de un futuro frente electoral que suponen integrarán junto con los libertarios, al menos en la Provincia de Buenos Aires. El PRO está actuando como supo hacerlo el radicalismo, un socio que se sabe minoritario pero que no está dispuesto a alejarse del poder, por eso es que en el planteo de ruptura no encontramos una férrea oposición al oficialismo y bastará con un reordenamiento en el pan-peronismo para que no les quede otra alternativa que ser parte de una coalición oficialista.

Entonces llegamos al punto de preguntarnos ¿por qué tanto ruido? Ante todo, porque a los libertarios les conviene debilitar al PRO al punto de deglutirlo, por eso el aparato comunicacional del LLA juega este partido a fondo, y también porque la personalidad de Patricia Bullrich impide tejer acuerdos civilizados, en parte porque aún cree que algunos compañeros le soltaron la mano antes que ella se las suelte a ellos. Desde ya que Mauricio Macri parece frustrado por no ser aceptado como socio en el gobierno de Javier Milei, pero con el líder del PRO nunca se sabe y quizás mañana vuelva a centrar su interés en alguna partida de Bridge o en la interna de la FIFA.

 

Por lo tanto y a modo de conclusión, esta es una disputa de cara a las legislativas de 2025 que nada le importa al ciudadano de a pie porque una vez más no se están discutiendo programas de gobierno o posicionamientos políticos sino intereses políticos. Claramente es una discusión de “casta”.

 

¿Qué hará Montenegro? Posiblemente nada. Tratará de esconder su juego, confrontar lo menos posible, tender puentes en ambos frentes y continuará enfrascado en sus contiendas cotidianas a los fines de darle algo de contenido a una gestión que por el momento no levanta vuelo.

 

Lamentamos desilusionarlos, pero no todo lo que brilla en las redes sociales es noticia.

 

Hasta la próxima.

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