La pregunta es quién conduce

La pregunta es quién conduce

Para muchos la medida de fuerza convocada por el conjunto de las centrales sindicales fue un éxito y para otros un fracaso, pero pocos intentan descifrar el mensaje y los destinatarios del paro general.

10 de mayo de 2024

El periodismo tiende últimamente a simplificar los análisis emulando algoritmos al mismo ritmo que los políticos tienden a imitar influencers simulando demencia. Esta frase que puede herir susceptibilidades varias sirve para describir una época. Una época de las que nos quedará un registro aún indescifrable.

 

Desde ya que la llamada “corporación sindical” es impropia de un sistema virtuoso, pero no todos los sindicalistas son parte de esa nefasta corporación ni mucho menos los trabajadores representados por ellos. Esa “corporación sindical” que ahora es tildada de casta por el gobierno pero que supo no serlo, en palabras del propio candidato Javier Milei, en épocas de supuestas traiciones electorales. Hasta cuándo vamos a tolerar que desde el poder se utilice el término casta para señalar al ocasional adversario es una de las dudas menos importantes y más recurrentes ya que es una herramienta de simplificación muy interesante en épocas de posverdad.

 

Seguramente el “paro general” se leerá en clave de éxito o fracaso dependiendo del lado del mostrador que cada uno se ubique. La cuestión de fondo radica en los objetivos trazados por los sectores que convocaron la medida de fuerza. Ninguna manifestación de este tipo es un éxito solo por su nivel de convocatoria o adhesión, sino por imponer un mensaje cuya contundencia depende en buena medida de aquella masividad. ¿Cuál es ese mensaje? ¿A quién fue dirigido el mensaje?.

 

En base a las declaraciones de los referentes sindicales los destinatarios del mensaje son los senadores, quienes deberán tratar en los próximos días el despacho aprobado por diputados de la denomina Ley Bases, puntualmente los bloques cobijados en el paraguas del justicialismo.

 

Vale la pena recordar que en el primer paro (con movilización) al gobierno de Javier Milei los destinatarios fueron los diputados quienes podaron buena parte de ley en sintonía con el reclamo sindical. Aquella medida tuvo en parte el efecto buscado por las centrales obreras, ya que evitó lo que ellos consideraban era el puntapié inicial para la destrucción del sindicalismo en nuestro país.

En esta oportunidad la expresión canalizada en un paro sin movilización apunta a la unidad de la oposición justicialista que de mantenerse necesita sumar tan solo 4 voluntades para realizar modificaciones al despacho de diputados: en otras palabras debería resultarle incluso sencillo al pan-peronismo imponer algunas modificaciones que luego deberían volver a la cámara de origen en donde al oficialismo no le quedaría más remedio que aceptarlas puesto que no puede imponer el proyecto original con tan solo 140 voluntades.

 

Aquellos que leen o intentan explicar esta medida de fuerza en el contexto de una lucha para desestabilizar al gobierno se equivocan: el sindicalismo está haciendo política, ocupando un espacio vacío. Muchas de las posibles modificaciones benefician no solo a los sindicalizados, como cualquier atenuación en el RIGI o en la reforma laboral, mientras otras quizás sean sectoriales como es el caso de ganancias.

 

El gobierno se siente cómodo en este escenario porque como decíamos hace apenas unos días goza de la impunidad de la supuesta popularidad. En términos reales Milei en el mejor de los casos ha logrado mantener su imagen pese a lo antipático de muchas de sus medidas. No es cierto que su aceptación se ubique en niveles récords ni mucho menos (no existe estudio de opinión que así lo indique), pero evitar la caída es a priori un logro bastante importante que le permitirá ofrendar a su público que logró bajar la autogenerada estampida inflacionaria a un digito.

 

Los pasos de comedia protagonizados por la Ministra de Seguridad este jueves solo quedarán en el anecdotario, porque nos hemos acostumbrados a convivir con el ridículo. Hemos naturalizado la violencia discursiva y el absurdo como metodología de comunicación política. Quizás sea este el gran logro de Javier Milei y el mayor fracaso de la política en general. Nadie está libre de pecado.

 

Volvamos a la lógica del mensaje de las acciones directas. Hace un par de días tuvo lugar una masiva manifestación popular en defensa de la educación pública universitaria. En aquella ocasión el principal destinatario del mensaje era el gobierno, que pese a una respuesta dubitativa logró asimilar el impacto, aunque no fue gratis porque por primera vez no logró imponer agenda en su campo natural (la virtualidad) y perdió claramente el control de la calle.

 

Más allá de la magnitud de la expresión popular su éxito fue de relativo a nulo. El gobierno siguió adelante con su derrotero que incluye visitas periódicas a un magnate considerado poco menos que un semidios y la política fue incapaz de reunir quorum en diputados para tratar el financiamiento de las universidades pese a que muchos de los ausentes a la sesión se peleaban por sacarse fotos entre una multitud a la que no representan.

Desde ya que la movilización sirvió para imponer una especie de límite simbólico, pero no mucho más que eso: la crisis de representación es gigantesca y muchos políticos se han minimizado en panelistas. Es por ello que este tipo de medidas deben analizarse de acuerdo a su impacto en la realidad que buscan modificar o torcer de acuerdo a los intereses en pugna.

 

Los resultados de la medida de fuerza de este jueves se verán recién en el tratamiento de Ley Bases en el Senado, y puntualmente en la reacción de los 33 senadores que responden al pan peronismo. El resto es cartón pintado. Todos aquellos dolidos o molestos por el rol político del sindicalismo deberían hacer un mea culpa por la falta de sentido común a la hora de reconocerse frente a las políticas de este gobierno anteponiendo especulaciones electorales.

 

Lo mejor que podría pasarle a una dirigencia confundida y sin conducción es que el tratamiento legislativo del paquete de medidas del oficialismo termine lo antes posible, porque a muchos opinar los incomoda y deja en evidencia sus contradicciones. Quizás sea otro logro (involuntario) de Milei: exponer la flaqueza intelectual e ideológica de la mayoría del arco político, debilidad que le permitió llegar a la presidencia con un discurso repleto de contradicciones que se basaba solo en la construcción de un mutante enemigo intangible.

 

Mientras tanto seguiremos preguntándonos quién conduce.

 

Hasta la próxima semana.

 

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