En nuestra ciudad algunos festejan el acuerdo entre LLA y el PRO mientras otros prefieren observar con cierta cautela. El intendente debe afrontar un segundo mandato que estará marcado por la crisis económica y financiera. Desde el radicalismo siguen jugando al equilibrista.
El fin de semana extra largo quedó atrás y ya no queda más remedio que darle la bienvenida al crudo invierno. La famosa frase acuñada en el año 1959 por Álvaro Alsogaray cobra un sentido particular, pero analicemos el contexto:
“Lamentablemente, nuestro punto de partida es muy bajo. Muchos años de desatino y errores nos han conducido a una situación muy crítica. Es muy difícil que este mes puedan pagarse a tiempo los sueldos de la administración pública. […]. Todavía seguiremos por algún tiempo la pendiente descendiente que recorremos desde hace ya más de diez años. Se ha cometido un error en definir a este programa como un programa de austeridad, dejando que cada uno de los habitantes del país viva como pueda y como quiera […]. Las medidas en curso permiten que podamos hoy lanzar una nueva fórmula: ‘Hay que pasar el invierno’”.
Tranquilamente podrían ser palabras del actual Ministro de Finanzas Luis Caputo, pero esta pieza discursiva del por aquel entonces Ministro de Economía pronunciada hace más de 60 años que apela a recursos retóricos conocidos, deja en evidencia que la grieta no surgió con la Resolución 125 ni con la Ley de Medios. La puja se repite, las políticas también y solo algunas veces cambian los nombres.
En épocas en las que la crueldad está de moda es difícil pensar más allá del invierno porque para muchos ciudadanos los meses que se avecinan serán muy duros y los argentinos de bien no deberían dar la espalda al dolor ajeno (mucho menos regodearse) pero vivimos tiempos convulsionados en donde algunos límites se corrieron más allá de lo imaginable.

La gestión de Javier Milei podrá mostrar como único logro el de retrotraer la inflación a guarismos similares a los que teníamos en octubre de 2023 cuando nos decían que éramos Venezuela o vaya a saber uno que otro país en crisis, cualquier otro triunfo es simbólico, enmarcado en una absurda batalla cultural en la que no se dialoga sino que se intenta imponer una visión de un país que nunca existió.
La importancia de lo simbólico es el bastión real en el que se apoya un gobierno que hace de la anécdota y la brutalidad su principal capital político. Solo nos queda la esperanza de un plan de estabilización que contenga a los que están cayendo del sistema y no solo se burle de ellos.
La política está confundida. La “casta” siempre fue una construcción electoral que le impuso cierta épica a un discurso errático. Algunos dicen que Milei está haciendo lo que prometió, pero aunque parezca mentira las formas enamoran más que el fondo, ya que tanto en épocas de campaña como en estos meses de gobierno la mayoría de la población se expresa en contra de muchas de las medidas anunciadas o por anunciar pero ese rechazo no se traslada a una desaprobación masiva de la gestión del libertario. La luz al final del túnel, los brotes verdes, y tantas otras sandeces.
Esa confusión de la política los lleva a tomar posiciones de coyuntura, sin profundidad. No es importante intentar adivinar los nombres que compondrían una nueva lista de tardíos libertarios en nuestra ciudad, incluso sería injusto ya que quizás muchos de ellos estaban en un lugar que no los contenía. El perfil de La Libertad Avanza mutó post primera vuelta, basta con recordar que la ahora Ministra de Seguridad Patricia Bullrich fustigaba al mismísimo Milei acusándolo de ser poco menos de una colectora del kirchnerismo por su tibieza a la hora de criticar a Sergio Massa y compañía. Bullrich fue mucho más allá y denunció que el massismo le había armado listas a los libertarios en muchos distritos. El espanto, el anti kirchnerismo o las ansias de poder los unieron y lograron amalgamar una mayoría que depositó a Milei en el sillón de Rivadavia sin siquiera avanzar en un núcleo de coincidencias de cara a la gestión, luego los ganadores lotearon el gabinete y el León se transformó en la encarnación de un cambio que terminó de vaciar de contenido a la palabra, porque más allá de los gustos personales nadie puede arrogarse el privilegio de saber en qué consiste dicho cambio.
En esa lógica quizás muchos políticos que anteponen su carrera (a ninguna parte) a las ideas que dicen defender o que entienden que sus ideas se asemejan a este cambio de paradigma que encarnado por el líder anarco capitalista se encuentren a gusto en este nuevo espacio anti kirchnerista que supo ser cómplice, según algunos de sus ministros, del mismísimo kirchnerismo. No lo intenten entender.

Hace ya algunos meses anticipamos que el Intendente Guillermo Montenegro intentaría gruñir al ritmo de los tiempos que corren. Afirmamos por aquel entonces que el único impedimento era justamente la presencia de algunos dirigentes de pasado massista que supieron consolidarse como el bastión local de Milei con la misma vehemencia e inteligencia que acompañaron oportunamente al actual alcalde en épocas en las que su corazón estaba en San Isidro pero su candidatura en Mar del Plata.
Pero la casta no tiene memoria y al parecer firmaron la paz olvidando acusaciones que ya no vale la pena citar, puesto que si los protagonistas son capaces de dejarlas de lado seguramente no eran tan graves, o por lo menos eso indica la lógica.
El acercamiento entre el PRO y la LLA en nuestra ciudad es un acto consumado que aún no se ve reflejado en la gestión cotidiana, es decir en el reparto de cargos, pero ya está latente en algunas declaraciones surgidas de una necesaria sobreactuación. La fe del converso.
Montenegro se abraza a la esperanza de contar con una fuerza política que le permita pegar el salto, Mar del Plata es solo un peldaño en su trayectoria, y la falta de cuadros políticos en La Libertad Avanza podría ser un atajo. El principal escollo para los sueños de nuestro intendente es su propia gestión: las segundas partes nunca fueron buenas y el contexto político y social podrían transformarla en una verdadera pesadilla.
A esta altura la inquebrantable sociedad con el radicalismo parece estar en peligro, pero en política siempre hay transversales: al menos hasta ahora los socios cuidan el nido y hacen la vista gorda a las diferencias que puedan surgir por cuestiones políticas partidarias. La crisis de identidad del radicalismo va mucho más allá de una cuestión cosmética. Los socios se necesitan pero inevitablemente uno se comerá al otro y no hay que ser muy observadores para identificar quién tiene los cubiertos en sus manos. Tranquilos amigos radicales, todo puede cambiar en un abrir y cerrar de ojos, o quizás no se den cuenta y ya son parte del gran festín. Nadie lo sabe.
Llegamos así al final de esta columna que esperamos al menos los haya entretenido. Será hasta la próxima semana.