Resignación

Resignación

En la última columna reseñamos un informe de la consultora Zuban Córdoba del que surgen contradicciones dignas de análisis. Muchos indican que la paciencia se quebrará con el aumento en los servicios, pero el aumento del boleto en Mar del Plata parece desmentir la tesis.

21 de marzo de 2024

Hace tan solo unos días hicimos referencia a un estudio de opinión pública en el que se constataban algunas contradicciones.

 

Es verdad que la imagen positiva de Javier Milei oscila en los 42%, y que los indicadores de aprobación de su gestión arrojan guarismos similares, pero la clave está en que 7 de cada 10 consultados afirman que están peor desde que asumió el nuevo gobierno, inclusive la mitad de los votantes de Patricia Bullrich y un 30% de los votantes de Milei coinciden en esa afirmación.

 

Un signo de esta época se constata cuando consultados por la situación del país en los próximos meses 6 de cada 10 indican que será crítica pero al ser consultados por la situación personal la proporción se reduce a 5 de cada 10.

 

En cualquier otro contexto el panorama sería desalentador, pero existe un factor que el oficialismo está explotando a pleno: la resignación.

Según algunos manuales de psicología, resignarse conlleva una actitud pasiva, de conformidad. Comparamos la situación, el hecho o la persona con nuestro ideal, con lo idealizado, y nos lleva a la parálisis y a la impotencia.

 

La resignación lleva implícita una emoción desagradable y una experiencia de derrota frente a la realidad.

 

La resignación duele, genera sufrimiento porque no estoy del todo de acuerdo con la situación. Es como si nos diéramos por vencidos, esperando a que la situación, la persona, etc., sea de otra manera, básicamente como a mí me gustaría que fuese. Y esto no es posible porque no tengo el control sobre ello.

 

Muchas veces se confunde la resignación con la paciencia, otras con la mansedumbre, también con la conformidad o conformismo, pero en otras oportunidades se vincula con el acatamiento o la sumisión.

 

Es aquí donde entre en juega la batalla cultural y la denominada “calle on line” o “calle virtual”. El oficialismo está logrando ganar la supuesta batalla cultural pese a que la inflación desde su asunción trepó a más de un 70% y el poder adquisitivo está por el suelo, pero siguiendo el manual del kirchnerismo ilustrado los libertarios son capaces de discutir la viabilidad de promociones y proyectar una modificación en el mecanismo de medir la inflación con tal de lograr el objetivo de dibujar la inflación.

 

Kicillof hizo propia la frase “los liberales más locos del mundo”, que utilizamos la semana pasada, no por casualidad sino porque es una definición de los tiempos que corren. En el territorio virtual son capaces de abrazar a Trump pese a que las políticas planteadas por el ex presidente son de carácter proteccionista, pero nada de eso importa porque la discusión es otra, no sabemos bien cuál es el foco de la disputa pero es otro, y el que lo discute “no la ve”. Listo, a otro tema.

 

Las incongruencias discursivas, el mal gusto, la falta de empatía son moneda corriente, y esa brutalidad es parte del triunfo: la intención del equipo comunicacional que rodea al Presidente es demostrar que “no le entra ningún golpe”, que su fortaleza radica en la convicción del ¿cambio? y que pronto se verá la luz al final del túnel porque estamos en el camino correcto.

 

No existe tal calle virtual, son tan solo un grupo bastante reducido de fanáticos rentados que generan corrientes de opinión y otro grupo inorgánico que se suma por la impunidad propia de alguna red social y una sed de revancha variopinta, pero es indudable que por medio de esa fantasía se impone agenda. El gobierno nacional está todo el tiempo en centro del ring tirando manos a diestra y siniestra, y parece que a un sector de aquellos que reconocen estar peor que hace algún tiempo aún les parece atractivo.

 

Es verdad que nuestro sistema no tiene muchos antídotos más allá de la resignación, pero últimamente nos estamos acostumbrando a la sumisión que según indica la RAE es el sometimiento del juicio de alguien al de otra persona: no solo no nos queda otra que acatar sino que incluso algunos están convencidos que el que creen que está equivocado tiene razón. No se preocupen, suele pasar y es materia de estudio de la sociología y psicología.

 

Muchas de las medidas anunciadas diariamente son discutibles desde la óptica legal o política, pero no importa. La mayoría de esas medidas son rechazadas por buena parte de la sociedad, pero tampoco importa. No hay remedio, la endeble mayoría construida sin sustento ideológico más allá que el de expulsar al kirchnerismo en cualquiera de sus formas es suficiente para justificar cualquier decisión. Cualquiera que se oponga a alguna de las propuestas o acciones, no importa lo disparatadas que sean ya sea en el fondo o las formas, será considerado kirchnerista, pese a que Daniel Scioli, Guillermo Francos o Marco Lavagna fueron funcionarios de la última administración y siguen en sus cargos.

 

Hasta cuando la resignación se impondrá a la rebeldía, no solo con el gobierno nacional sino con una casta que se camufla pero que sigue gozando de los mismos privilegios, quizás dependerá del bolsillo.

Algunos afirman que más allá de una futura baja de la inflación, casi inevitable producto de la recesión, el aumento en las tarifas será un punto de quiebre. Es una afirmación al menos discutible, ya que por ejemplo en nuestra ciudad el Intendente fijó el boleto en $750 y se tomó licencia, aunque tuvo tiempo de celebrar su inclusión en la mesa del PRO, y nada ocurrió. Kicillof aplicó un impuestazo avalado por muchos legisladores que responden a intendentes de la oposición y generó un berrinche mediático digno de un programa de chimentos más que de una discusión sería en cuanto al alcance del mismo.

 

¿Seremos capaces de resignarnos definitivamente? Quizás no sea el bolsillo lo que despierte algún tipo de respuesta, existe una posibilidad aunque remota que sea el sentido común o el rechazo a la lógica de la confrontación o intimidación constante. Una chispa silenciosa que desencadene el descontento por hastío. La chispa adecuada.

 

La política seguirá haciendo equilibrio. No esperemos mucho. Nadie se atreve a jugar alguna carta y los que lo hacen son castigados en público aunque reivindicados en privado, por esa aplanadora diseñada para amedrentar que funciona para ganar la discusión virtual, la única discusión en la el gobierno se siente cómodo.

 

La pregunta es hasta cuándo.

 

Nos leemos pronto.

 

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