El presidente Javier Milei recurrió al oxidado artilugio de la Unidad Nacional en un discurso que intentó ser fundacional pero que se quedó en prédica para su núcleo duro. En Mar del Plata el discurso de Guillermo Montenegro no generó expectativas y tampoco repercusiones.
El tiempo transita su marcha infinita mientras los sucesos sucumben en un instante. Ustedes se preguntarán cómo relacionar esta afirmación con una columna política, quédense en sintonía y lo sabrán.
La semana pasada hacíamos referencia a la importancia de los discursos al momento de inaugurar el período de sesiones legislativas. Los intendentes, los gobernadores y el presidente tienen la oportunidad y la obligación de explayarse frente a la representación popular y política con el objeto de trazar una especie de hoja de ruta en la que se supone trabajarán mancomunadamente, más allá de las disidencias propias del sistema democrático. Hasta aquí la teoría.
Podríamos afirmar, incluso dejando la soberbia de lado, que no nos equivocamos cuando en la última columna afirmamos que buena parte del éxito o fracaso del discurso de Javier Milei iba a basarse en cuan extremas eran sus formas, y además adelantamos que el intendente Guillermo Montenegro no iba a cambiar el rumbo de la ciudad con su alocución. No haremos referencias a Kicillof porque aún no pronunció su discurso inaugural y en alguna medida despierta alguna expectativa por oposición al Presidente.
La decisión del equipo de comunicación presidencial de romper algunas reglas no escritas en cuanto a las formas generó mucha expectativa en el círculo de personas informadas (y sobre informadas) que pretendemos leer debajo del agua. En otras palabras, la puesta en escena bien pudo ser la de anuncio trascendente, pero Milei le habló a su círculo duro, maquilló a voluntad el concepto de “casta”, repitió buena parte de sus latiguillos e introdujo algunos elementos a la rosca de los próximos meses.
Si algún desvelado cree que el discurso del primer mandatario fue una joya discursiva inigualable en épocas democráticas lamentamos decirle que no es así: fue más de lo mismo.
En estos días incluso leemos a muchos asombrados por el rating de la alocución presidencial, lo cual no deja de ser una muestra de superficialidad llamativa porque el mismo se transmitió en Cadena Nacional, es decir no competía con nadie, y los guarismos fueron similares a los de cualquier día de la semana: en torno a los 30 puntos de encendido en televisión abierta y 20 puntos en canales de noticias.

Es verdad que alguien podría afirmar que mantuvo el número del share, es decir que las personas no apagaron el televisor y que logró que la ciudadanía se interese en sus palabras, y aquí nos deberíamos preguntar por qué: el rating se mide en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y el mal llamado Gran Buenos Aires, y a diferencia de lo que muchos creen no es un territorio fácil o amigable para el libertario, que se impuso con cierta facilidad en CABA pero perdió en la mayoría de los municipios del GBA, en otras palabras es indescifrable encontrar las múltiples motivaciones que condicionaron a millones de personas para no apagar su televisor, si es que fue así porque como todos sabemos el rating es poco confiable.
Medir la importancia de un discurso en términos de rating es algo así como caer en la trampa de sentirse validado por los likes de una publicación en redes sociales, un error en el que suele caer el oficialismo.
Una vez aclarado el asunto de la “jugada comunicacional maestra” que no fue tal, es hora de entender que el discurso de Milei apuntó a su núcleo duro pero que el tono del mismo fue sensiblemente menos violento que sus acciones cotidianas. Esta modificación en las formas, y la falta de sustento o novedad trascendental, permitió que por momentos parezca una buena pieza comunicacional pese a las continuas repeticiones, datos inexactos y referencias esotéricas. Los que temíamos por el destino de la Nación seguimos teniendo las mismas razones para hacerlo, y aquellos que creen que Milei es poco menos que el mesías merecedor de su propia estatua de la libertad lo seguirán creyendo.
Esa sensación de que todo sigue más o menos igual (para bien o para mal) contrasta con la percepción del núcleo libertario que transmite ante cada alocución del presidente una épica fundacional. A tal punto fue más de lo mismo que se repitió el circo de los legisladores aplaudidores, con algún aire de hinchas caracterizados, con una transmisión en la que solo se mostró a los fervientes invitados, a los ministros y a los legisladores oficialistas. Todo demasiado kirchnerista, de hecho también mostraron a Daniel Scioli.
El presidente que vino a terminar con la inflación haciéndole pagar el costo a la “casta” no hizo referencia a las consecuencias de no contar con un plan de estabilización ni qué medidas se tomarán frente a la caída de más del 30% en el consumo que se produjo post devaluación y DNU, insistió con la Ley Bases sin brindar mayores detalles de la forma en qué se tratará, afirmó que cerrará Télam, fustigó a los sindicalistas (que alguna vez excluyó del listado de “casta” pero ahora los volvió a incluir) e invitó a los gobernadores a firmar un documento (que ya está redactado y publicado) el próximo 25 de Mayo en la provincia de Córdoba.
Y si llegaron hasta acá entenderán el título de la columna: en un país más o menos normal lo ocurrido el viernes sería causal de rechazo, asombro, estupor o desaprobación, pero vivimos en la Argentina, un lugar en el que todo el tiempo la historia se repite, y por eso los protagonistas intentan contagiar el espíritu refundacional, porque en definitiva saben que son más de lo mismo.
Para los desmemoriados, un desgastado Fernando De La Rúa realizó un llamado a la unidad nacional similar al Pacto de Mayo libertario, que incluía entre otras cosas el objetivo de alcanzar el déficit cero, también lo intentó Mauricio Macri y hasta Sergio Massa sin ostentar formalmente el cargo de presidente: en todos los casos el FMI había sugerido ampliar la base de sustentación política frente al impacto de las medidas económicas, y parece que también impuso buena parte del temario que algunos compararon quizás exageradamente con el Consenso de Washington. En el caso del Milei se intenta disfrazar la debilidad en fortaleza al incluir una velada extorsión a los gobernadores, que tampoco es novedosa u original.
Las respuestas de los políticos fueron casi calcadas, tal cual lo indica este fragmento de una nota publicada en 2001 por el periódico Río Negro: “hubo cautela, aunque desde la oposición se mostraron de acuerdo con la importancia de esta iniciativa para salir de la crisis. Tanto el gobernador bonaerense, como su colega cordobés, admitieron su disposición a dialogar con el gobierno nacional, pero expresaron reservas sobre el contenido de los temas a tratar y, a partir de allí, la efectividad de esta nueva convocatoria del gobierno”.
Ante este cuadro de situación es inexplicable como buena parte del periodismo y también de la política no ensayan al menos respuestas ingeniosas frente a este eterno retorno. Pululan los obsecuentes, los oportunistas y los de siempre, porque la “casta” goza de buena salud y se ajusta quitándose algunas millas de Aerolíneas Argentinas o evitando contratar un nuevo asesor, mientras miles de argentinos caen en la pobreza formal todos los días. Si alguien no tiene miedo en nuestro país es la “casta”, de la que también el presidente y buena parte de su equipo son parte al menos desde hace algún tiempo.
Nos despedimos hasta la próxima con la sensación que seguramente diremos algo que ya hemos dicho.