El aumento de boleto no se tratará esta semana en la comisión de Movilidad Urbana presidida por el oficialista Guillermo Volponi. Existe un rumor que el Ejecutivo no estaría dispuesto a pagar el costo político de un nuevo aumento. Mientras tanto un nuevo conflicto ante un posible incumplimiento salarial parece inevitable.
Para sorpresa de muchos, el oficialismo decidió no convocar a la comisión de Movilidad Urbana del Concejo Deliberante. Guillermo Volponi (PRO) tenía tiempo hasta las 9 de la mañana del viernes pero en un clima de total hermetismo optaron por dejar pasar al menos unos días más.
Esta decisión extiende las dudas que giran en torno al tratamiento y resolución del pedido de aumento presentado por la CAMETAP, más aún si tenemos en cuenta que se aproxima la fecha en la que se deben abonar los salarios con el consiguiente peligro de un nuevo conflicto como el ocurrido a principios de este mes.
El proyecto de Emergencia del Servicio de Transporte Urbano (se trata en otro expediente) elevado por el Departamento Ejecutivo se encuentra en la comisión de Legislación (que no se reúne desde el 26 de diciembre y que no está convocada para esta semana) y cuenta con la luz verde de los ediles que componen la comisión de Movilidad Urbana.
En la última columna sugerimos que existía la posibilidad que una nueva delegación de facultades al Intendente Municipal para disponer el precio de boleto sea incluida en el contexto de la emergencia, una herramienta que ya se utilizó pero que la sucesión de emergencias y delegaciones hicieron caer en el olvido.
Si tratamos de dimensionar el sentido de la emergencia la cuestión tarifaria es intrínseca a la solicitud. El sistema nunca volvió a ser lo que fue en épocas de la pre pandemia y son muchos los factores que inciden en esta realidad, algunas falencias propias pero también algunos cambios en comportamientos sociales. La cuestión es que la sola declaración de emergencia no soluciona ni unos ni otros.
Los datos suministrados por la SUBE más una encuesta de servicio, origen y destino deberían servir para realizar cambios que apunten a mejorar el servicio, con el objeto de reconquistar usuarios que optaron por otras alternativas, reduciendo kilómetros ociosos, que a su vez redunden en una tarifa más justa, y que sirvan para ajustar un sistema en continua crisis.
La crisis termina siendo la excusa para no hacer nada. La tarifa es parte esencial del problema y no se puede escindir de la emergencia. Si el sistema funciona mal es casi seguro que el ajuste para la rentabilidad vendrá de la mano de un aumento en el boleto, incluso la falta de coordinación en la aplicación de las políticas referidas a los subsidios debería reverse en base a este tipo de análisis, un servicio optimizado debería apuntar a ser autosustentable, se debería trazar el horizonte de avanzar con políticas que eviten que los subsidios sean indispensables.

El oficialismo se jactó en una puesta en escena desmesurada de presentar algunas nuevas unidades y prometer un sistema de trasbordo que se hace esperar más que un servicio de transporte en horario nocturno. El transporte no fue un tema de debate en la campaña electoral y los candidatos se mostraron atados de pies y manos repitiendo el mantra de querer un transporte mejor para los miles de usuarios. Muchas veces también se cae en la demagogia más deplorable: los usuarios del transporte se encuentran por lo general en los barrios más alejados, en donde el oficialismo obtiene menos votos y que parecen relegados incluso a la hora de las promesas, pero el paradigma de un sistema de transporte eficiente debería incluir a toda la ciudad ya que es indiscutible el rol urbanizador que tiene el servicio, y además es innegable que debe existir una política de Estado que desaliente el uso de automóviles para llegar por ejemplo al centro de la ciudad como en cualquier ciudad del mundo.
La emergencia es un título que esconde la desidia a la hora de proponer cambios de forma y de fondo. No es tan complejo analizar la cantidad de kilómetros ociosos que realizan algunas líneas, la superposición de empresas sobre las mismas arterias, los problemas logísticos que obligan a improvisar zonas de descanso para los choferes, la uniformidad de las unidades, las falencias en la aplicación “Cuando llega”, las dudas en la metodología para establecer el valor de boleto, y podemos seguir enumerando problemas.
La pregunta es: ¿a nadie le importa la calidad de un servicio esencial como el Transporte Público? Parece que no.
Pero un rumor sacudió la previsible delegación de facultades: el Ejecutivo no estaría dispuesto a pagar una vez más el costo de aumentar el boleto. El tema es que este aumento sería el más brutal de los últimos años, incluso solo plantearlo es irracional. Pero el oficialismo ahora cuenta con la mayoría legislativa que le permitiría bajar la orden de agotar el tema en el ámbito deliberativo.
Los concejales oficialistas serán lo suficientemente mansos como para aceptar sin más aprobar un aumento superior al 250% en un contexto político y social exacerbado. Incluso deberían preguntarse si este aumento desmedido no terminará por destruir el sistema para siempre. Es el momento de trabajar seriamente en alternativas. Es cuando la política debe ponerse los pantalones y dejar de mirar los colectivos solo a través del espejo retrovisor de los autos que merecidamente conducen para llegar a sus oficinas u observar atónitos las decenas de usuarios amontonados en las improvisadas paradas como una postal inevitable del crecimiento demográfico desordenado.
Lo extraño de la situación es que parece ser un tema que puede dilatarse, aunque la coyuntura diga lo contrario. No es necesario deliberar bajo amenaza constante. Es urgente que se implementen en este y otros temas mesas de trabajo conjuntas, no debe pasar solo por una mayoría obediente, está en juego el destino de casi el 60% de marplatenses y batanenses que no votaron por este gobierno y del 40% que sí lo hizo. Es necesario el diálogo más allá de la crueldad de un sistema de reparto de representación que deja bastante que desear y que no reconoce representación a aquellas fuerzas que no alcancen el 8%.
La crisis de transporte es un llamado de atención para empezar a gestionar de otra manera, sin aprovechamientos políticos ni liderazgos forzados, todos los sectores tienen algo para aportar. Hasta ahora nadie, ni oficialismo ni oposición, se anima a recoger el guante, pero sería calamitoso solo pensar en un paro sorpresivo de transporte en pleno festejo de los 150 años de la ciudad. Es posible, basta con chequear el calendario y ubicarse por unos minutos al menos en tiempo y espacio.
En esta oportunidad no malgastamos palabras ni tiempo en nimiedades impropias de la gravedad de los conflictos que existen, optamos por reflexionar. Ojalá nuestra reflexión sea la de muchos o al menos la de algunos. Si es así ya habremos cumplido con nuestra misión.
Que tengan una buena semana.