La “casta” goza de buena salud y la política parece no querer o no saber reaccionar. Algunos sobreviven cómodos en la grieta y otros ni siquiera pueden sostener sus argumentos. En Mar del Plata todos miraron para otro lado cuando les contaron que no pasó el colectivo de las 18 hs..
Muchos argentinos votaron en las últimas elecciones motivados en “aleccionar” a aquellos que siempre parecen estar en otra sintonía.
El concepto de “casta” representó a esa clase dirigente ocupada solo de sus “problemas”, dirimiendo peleas que solo son importantes para ellos, enamorada del poder (entendiendo al mismo como una sumatoria de cargos a modo de palmarés) e intoxicada de auto confirmación en forma de likes.
Pocos repararon en el concepto que deslizó el ex presidente en relación a la celebración del cumpleaños de su esposa en plena cuarentena: “Nunca reparé en que eso no se podía hacer”.
Alberto Fernández, como muchos otros políticos, se reconocen distintos y suponen que el sentido común no rige para ellos. La dinámica política cree que lo intrascendente es importante y así se divorcian de la realidad.
Hubo un tiempo en que un “paro de transporte” (las comillas no son un error de tipeo) generaba la reacción del arco político. Había reuniones de urgencia para destrabar el conflicto, se buscaban alternativas ante una posible escalada del mismo, se convocaba a la comisión de Transporte y Tránsito (ahora Movilidad Urbana), exponía el Secretario de Gobierno, y hasta se recibía a los empresarios del sector junto con los gremios para intentar explorar canales de diálogo.
Todo esto resultaba lógico, aunque quizás algunos dirán que era improductivo, porque miles de marplatenses y batanenses veían afectada su vida por una decisión que les era ajena. Al borde de la sobreactuación la política reaccionaba.
El último lunes una medida de fuerza de la UTA tomó por sorpresa a los usuarios del transporte que debieron ingeniárselas para regresar a sus hogares y también para movilizarse a la mañana siguiente porque el paro era por tiempo indeterminado.

La reacción de la política fue la de “mirar para otro lado” y como mucho chicanear por redes sociales, ya sea durante el conflicto o una vez solucionado el mismo. Todo siguió su curso natural, nadie pensó en intentar ponerle el cascabel al gato y ni siquiera modificaron sus agendas. El desprecio por el padecimiento que atravesaba un importante sector de la sociedad cruzó a todos los signos políticos. Mejor no hablar de ciertas cosas.
El Intendente Guillermo Montenegro insinuó multas y envió una pobre misiva a la Delegación del Ministerio de Trabajo. Una vez resuelto el conflicto hubo algunas ¿nuevas? chicanas y un inminente aumento quedó flotando en el aire. Incluso pareció con el correr de las horas que para el Ejecutivo era más importante un simulacro (en la playa) que la realidad (en las calles).
Tranquilamente cualquiera de los involucrados podría (o debería) pensar al leer esta columna: “Nunca reparé en las dificultades que esta situación le genera a mis vecinos, y que yo podía hacer algo al respecto”. La desconexión es total. El divorcio parece que no tiene vuelta atrás.
Salvando las distancias, algo similar ocurre en la órbita nacional.
El presidente discutió vía la red social X (su lugar en el mundo) con una periodista por un comentario sobre la mudanza de sus perros, se viralizó una foto de su pie derecho junto al pie izquierdo de su novia con vaya a saber uno qué mensaje encriptado, la canciller tildó de “socialistas” a los grupos que generaron una revuelta social en Ecuador y la Ministra de Seguridad ofreció enviar fuerzas de seguridad ¿?. Todo esto mientras la inflación destruye a la clase media y hunde aún más en la pobreza a lo que ya eran pobres, y que los dólares “alternativos” estiran la brecha anticipando una nueva devaluación.
Pero no solo el Ejecutivo parece burlarse de la situación. El legislativo se encuentra debatiendo la implementación de la boleta única, un debate necesario pero inoportuno, y comenzando el tratamiento en comisiones de la Ley Ómnibus.
El “bodoque” legislativo denominado “Ley de Bases y Puntos de Partida para la Libertad de los Argentinos” plantea desde súper poderes a Javier Milei hasta una reforma judicial (con togas y martillos incluidos), pasando por la destrucción de la actividad pesquera, la privatización de los clubes de fútbol o la privatización de 41 empresas estatales. Todo esto y mucho más abordado en forma conjunta por 3 comisiones conformadas a las corridas y debiendo llegar al recinto contrarreloj porque según el Ejecutivo la inestabilidad del dólar se debe a la lentitud del Congreso en tratar temas que nada tienen que ver con el dólar, ni con la inflación, ni con la pobreza.
Ellos también “miran para otro lado” y quizás sea el más claro ejemplo que aquellos que hicieron campaña apuntando a la “casta” se contagiaron rápidamente de sus vicios o simplemente mintieron para capitalizar un enojo. La urgencia se palpa en la calle, nadie puede eludir su responsabilidad.
Hay tantos errores en el abordaje legislativo de este paquete de medidas que seguramente olvidemos algunos, pero resulta al menos llamativo que para muchos aliados libertarios el debate sigue girando en torno al kirchnerismo (sus modales y sus políticas) cuando se están debatiendo infinidad de cuestiones que no vienen a salvar las consecuencias del pésimo gobierno de Alberto Fernández o la pésima gestión de Sergio Massa al frente del Ministerio de Economía.
El PRO, o mejor dicho lo que queda de lo que alguna vez fue el PRO, sigue disfrutando de la comodidad de la grieta, mientras buena parte del radicalismo, con el presidente de la bancada en diputados como vocero, sigue apoyándose en el fracaso del “gradualismo macrista” para justificar un tibio rechazo o apoyo al supuesto shock que este desatino legislativo implicaría. Ni siquiera intentar consensuar prioridades o presentar alternativas.

La ambigüedad del radicalismo es un tema digno de análisis: pasaron de afirmar que la ciudadanía los había ubicado en rol de oposición (para justificar su neutralidad en el balotaje) a confirmar que no van a encabezar la oposición. Un psicólogo a la derecha.
La casta goza de buena salud y se ríe a carcajadas de aquellos que creyeron que se la llevaban puesta.
Aclaración: no todos los políticos son “casta”, desde esta columna no compartimos esa idea e incluso creemos que el término fue empleado injustamente como una herramienta electoral. Continuemos.
La política está cada vez más lejos de lo que ocurre en el día a día, y este divorcio no reconoce signos políticos. El sistema político, más allá de algunos loables esfuerzos individuales, parece no saber o no querer encontrar la forma de reconciliarse con la sociedad. Si aún no se dieron cuenta les comentamos con algo de soberbia pero mucho de voluntarismo que lo que está en una crisis que parece terminal es el sistema representativo que representa a muy pocos (los mismos de siempre) e ignora socarronamente a la inmensa mayoría. Siempre hay tiempo para meter un golpe de timón, pero el iceberg está cada vez más cerca.
Hasta la semana que viene.