Siempre al filo de la historia

Siempre al filo de la historia

La elección del próximo domingo pudo ser un ejercicio de alternancia en un contexto democrático normal. La mala praxis política nos pone una vez más frente a una situación inexplicable.

16 de noviembre de 2023

Faltan algunas horas para que la veda electoral ponga fin a una campaña electoral interminable y agotadora, en la que la torpeza o ambición de muchos protagonistas (los que dicen ser políticos y los que reniegan de serlo) nos volvió a dejar atrapados en la grieta.

 

La grieta dijimos mil veces que es una construcción tendiente a simplificar la dinámica social y que fue aprovechada por políticos y comunicadores para beneficio propio.

 

Hoy la grieta está más viva que nunca, incluso quizás sea más peligrosa que aquella con la que supimos convivir. Sobran los motivos para explicar por qué en casi todo el mundo se han radicalizado posturas antagónicas. Hace unas semanas hablamos de la posverdad, del factor redes sociales, de la destrucción del tejido social producto de la crisis, y a todo esto debemos sumarle la resignificación post pandemia de la libertad.

 

El sistema político argentino fue capaz de corromperse a sí mismo. La reforma del 94 preveía partidos políticos fuertes e incluía la figura del jefe de Gabinete casi como un guiño a una especie de presidencialismo atenuado o parlamentarismo a medias. La lógica bipartidista de aquella reforma se rompió en buena medida por la influencia cultural del neo liberalismo del gobierno menemista. El esquema justicialismo/radicalismo se resquebrajó por la irrupción de nuevas corrientes que podrían denominarse de “derecha” o post menemistas que disfrazadas en valores republicanos fueron tomando fuerza.

 

El PRO fue el primer ejemplo de la reconstrucción del esquema político argentino. Un partido que supo aglutinar mucho de aquel peronismo que dejó de percibirse como tal y que hizo de la gestión su única bandera. También el Frente Renovador nace con esa premisa. La atomización del radicalismo derivó en la existencia de tantos pseudo radicalismos como dirigentes de origen radical con ambiciones desmedidas de poder.

 

El bipartidismo mutó en una especie de bi coalicionismo ya que el peronismo, debido a su lógica de movimiento más que de partido político, supo abrazar por izquierda lo que perdía por derecha y mantuvo su competitividad electoral.

Derrotar al nuevo peronismo encarnado en el kirchnerismo pasó a ser un objetivo en sí mismo y eso dio lugar al nacimiento de Cambiemos, como en su momento surgió la Alianza. Las coaliciones electorales suelen tener problemas a la hora de gobernar puesto que están construidas en base a una lógica meramente electoralista. Incluso en Juntos por el Cambio su denominación explica su único objetivo, no están juntos para lograr un cambio sino que se amontonan por el cambio, que tampoco queda claro qué es o si va más allá de cambiar el signo político de quién ostenta el poder. Parece menor pero fue casi como una premonición de un final anunciado.

 

El juego entre unos y otros terminó por sumergir a la sociedad en un enfrentamiento irracional, y cuando parecía que esto llegaba a su fin, ya que los protagonistas no supieron construir más allá de sus nombres propios, la coyuntura dejó un hendija para que un nuevo partido, cuyo ideario difícilmente puede trascender un laboratorio y que tan sólo podría encarnar una minoría ruidosa en un sistema normal, irrumpa furibundo en la escena y reinstale discusiones que parecían saldadas de la mano de motosierras y aliados de dudosa reputación democrática.

 

Desde ya que el pésimo gobierno de Alberto Fernández, encarnado por muchos en la figura de Sergio Massa, es el responsable de una de las desilusiones más significativas de nuestra historia democrática, y eso que veníamos del estrepitoso fracaso del Mauricio Macri. Es tan mala la gestión de Fernández que a casi nadie le importa su inexplicable ausencia. El post kirchnerismo es también responsable de esta nueva grieta.

 

Sergio Massa tiene tan poco para mostrar y tanto para esconder que eligió hacerse fuerte en la debilidad de un contrincante que no logra superar el umbral de mediático ilustrado, y que pese a sus limitaciones logró mantenerse competitivo con serias posibilidades de convertirse en el próximo presidente. Para esta sociedad inestable y confundida la inexperiencia y el desconocimiento de los mecanismos básicos del Estado puede ser un valor. Inexplicable de no ser que del otro lado está el ministro que se quiso calzar el traje de super ministro y no logró más que agudizar la crisis, aunque en la construcción de Unión Por la Patria sea quien evitó una crisis aún mayor.

Y así llegamos al 19 de noviembre, una fecha que será recordada como la elección del menos malo, en la que muchos partidos optaron por declararse “neutrales” y en la que los mecanismos establecidos oportunamente fracasaron porque el arte de la negociación política fue tirado al chiquero más mugriento y mal oliente por los mismos protagonistas de esta triste historia.

 

La del domingo debió ser una elección de alternancia previsible y casi inevitable, y terminó siendo la “más importante de los últimos 100 años” para los que plantean volver a una Argentina potencia en un mundo que ya no existe.

 

Quizás el domingo pongamos más cosas en juego de las que desearíamos o solo es otra de las tantas mentiras nos hicieron creer, queda en la opinión de cada uno.

 

Más allá de interpretaciones y neutralidades es verdad que algunas discusiones trascienden acuerdos básicos que parecían a esta altura indiscutibles, pero no es la intención “bajar línea”, solo refrescar que una Nación se construye en base a consensos y trasciende a los gobiernos y hasta al mismísimo Estado. Por momentos da la sensación que no lo hemos logrado.

 

Que sea lo que el pueblo decida. Hasta la semana que viene.

 

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