Guillermo Montenegro logró la reelección por una cifra que ronda los 20.000 votos y se sobrepuso al vendaval de Axel Kicillof y Sergio Massa. El rugido del león se hizo escuchar pero su candidato local no pudo contenerlo. Pulti se llevó el premio mayor y Raverta no despertó más allá de romper su techo electoral.
Los lunes post electorales son una invitación a la ansiedad, a los desbordes, a la frustración y cada vez en menor medida a la algarabía.
Ya no abunda la felicidad genuina reflejada en algún que otro recorrido triunfante por la ciudad o la llegada de los fiscales desde destinos lejanos, exhaustos pero eufóricos, para festejar con los triunfadores o penar junto a los derrotados.
Vivimos épocas en dónde la palabra búnker se ha re significado, en la que abundan las puestas en escena para los medios de difusión y se reparten pulseras cuál VIP de un recital o una Bresh, en la que los jefes de campaña tomaron un rol (demasiado) preponderante y los militantes sufren el escarnio de no pertenecer o simplemente no pertenecen y ni siquiera son militantes.
Caer en que “todo tiempo pasado fue mejor” es apelar a la nostalgia más berreta, pero que lindas eran aquellas épocas en la que el perdedor se acercaba al local partidario del ganador a felicitarlo y cuando se abrazaban, pese a los abucheos de los exaltados de siempre, un aplauso ponía fin a la gresca electoral.
Desde ya que la sociedad cambió, y la política es el reflejo de la sociedad. Y tal es así que nos vamos a permitir adentrarnos en el pensamiento colectivo para intentar entender el porqué de ese cambio.

La nostalgia, que mencionamos hace unas líneas, es un sentimiento de añoranza por el pasado, al que se asocian sensaciones agradables, en cambio la melancolía es un estado abúlico (falta de ganas) de tristeza y desinterés, que a menudo conduce al sujeto a extraviarse en el recuerdo o en la fantasía.
Muchos de ustedes se preguntarán que tiene que ver esto con una columna política a tan solo unas horas de ocurrido un sismo electoral, la respuesta es sencilla: estamos inmersos en un clima de tristeza o desinterés que nos hace creer en fantasías sabiendo que las mismas no colman nuestras expectativas, pero quizás sirvan de satisfacción temporal para canalizar alguna de las tantas frustraciones que vivimos a diario. Es una sociedad melancólica. La política no escapa a esa lógica. Las elecciones tampoco.
Millones de argentinos asistimos a votar sabiendo que nuestras vidas quizás no iban a cambiar, fuimos impulsados por el odio, por nuestro propio interés o el miedo. Es por eso que ya no se festeja, todo parece ser un trámite, un momento que de no ser inmortalizado por una selfie será olvidado y casi no tendrá mayor trascendencia. La política perdió su esencia, y si no reparamos en esto antes de entrar en el frío análisis de algún número que cualquiera podría realizar en su hogar, estamos fallando como comunicadores.
Vivimos una puesta en escena en donde es más importante un posteo en X, o la reacción de 20 energúmenos escondidos tras un nombre de fantasía, que una idea, y en donde todo se sobre analiza hasta que el miedo los paraliza.
Ya no hay alegría, quizás quedan algunos resabios de sana ingenuidad en algún partido o coalición, pero todo es un cálculo frío y lejano. Ni siquiera se permiten la espontaneidad.
En ese contexto signado por la melancolía y no precisamente por la nostalgia, no es difícil entender los motivos por los cuales un ministro de una economía destruida pudo ganar una elección: porque más allá de las chicanas de ocasión se mostró cercano incluso con aquellos perjudicados por sus mismas políticas. Una contradicción que no implica descalificar a esos votantes que vieron esperanza en donde pudieron. Por algo será.

La Libertad Avanza hizo una gran elección que solo es eclipsada por su propia inmadurez y a una soberbia desmedida, la fatal arrogancia diría Milei, emanada por su propio líder que desperdicio la oportunidad de ser algo más que un payaso en un púlpito ante un auditorio colmado.
Juntos por el Cambio se quedó en el tiempo, destilando odio y resentimiento cuando debía ser un faro de esperanza. No somos tan miserables como para querer exterminar al adversario, el enfrentamiento descarnado como única premisa es mucho incluso para esta sociedad destruida por años de antinomia política disfrazada de batalla moral. Game over.
En nuestra ciudad el Intendente Guillermo Montenegro logró la reelección, imponiéndose por 20.000 votos. El 11 de septiembre conjeturamos en esta columna que la diferencia sería de 17.000 votos. Hubo menor participación que la esperada y Rolando Demaio no pudo contener el voto del león libertario que se dejó llevar por el anti kirchnerismo efectista de un alcalde que solo podía denunciar la discriminación casi como un logro.
El oficialismo local, se descuenta que seguirán Juntos por lo menos por algunos meses más, tendrá mayoría en el Concejo Deliberante. No suele ser un buen augurio.

El kirchnerismo sucumbió ante el acuerdo que no logró depositar a Fernanda Raverta en la intendencia y el bloque de 3 concejales de la LLA intentará mantenerse unido puesto que no habrá incentivos para una ruptura a menos que por algún motivo la mayoría de JxC corra peligro.
Y así terminó esta etapa, sin estridencias, casi como un trámite.
Nos espera un mes de cara al balotaje, escenario en el que Montenegro y sus socios volverán a jugar el juego que más le gusta y que mejor juegan, sembrar alguna que otra intriga y esconder las cartas hasta que no quede más remedio que mostrarlas solo si es indispensable.
En definitiva la política se transformó en un ejercicio abúlico alejado de la realidad e incapaz de despertar al menos la ilusión de volver a estar mejor.
No vamos a entrar en intrigas propias de operaciones de poco vuelo, la casa no está en orden y no queremos ser cómplices de la debacle. Por lo menos por ahora.
Hasta la próxima.