El último debate de los candidatos a intendente dejó algunos momentos para destacar más allá de las chicanas y la innecesaria interferencia. Las campañas nacionales se apagan apelando al miedo.
Los debates muchas veces sirven para dejar en evidencia fortalezas y debilidades de cada uno de los candidatos, más aún en una campaña bastante opaca sobre todo en las tiendas oficialistas.
Este miércoles, Canal 8 organizó el denominado #DebateFinal y más allá de la cercanía en relación a la fecha de los comicios, cuando se supone que buena parte del electorado ya definió su voto y aquel que no lo hizo se dejará llevar por lo emocional ya dentro del cuarto oscuro, dejó algunas cuestiones a destacar.
Hubo dos momentos claves, que quizás no tengan un correlato electoral pero que para aquellos que vivimos de los detalles son relevantes.
Ante todo aclarar que no vamos a entrar en el debate interminable, que seguramente sigue teniendo lugar en las redes sociales, en cuanto a la veracidad de las afirmaciones de los candidatos, porque no es el objetivo de esta columna, sino que vamos a tratar de analizar los momentos de alto impacto de la noche del miércoles.
Todo transcurría tal lo esperado hasta que en el espacio de debate abierto Fernanda Raverta, como quien no quiere la cosa, expuso la maniobra, todavía no sabemos orquestada por quién, de entregar boletas cortadas en desmedro de la candidatura de Patricia Bullrich.
Extrañamente Guillermo Montenegro, que nuevamente no había tenido un buen comienzo, se mostró aturdido. Intentó negar cualquier vinculación con el asunto pero no fue ni claro ni tajante.
Un golpe previsible lograba hacer tambalear al campeón que quizás venía con la guardia baja por la inteligente jugada de la candidata de Encuentro Marplatense de romper la pared y jugar con las redes sociales, las que tan bien creen manejar desde el oficialismo, mientras tenía lugar el debate publicando un audio en X en relación al #Marquesadogate.
Montenegro empezó a acusar recibido de los ataques de Raverta y Demaio, más allá de lo cuestionable de algunas de las afirmaciones, se lo vio fuera de eje, casi mostrando una faceta desconocida. Cómo suele decirse, el alcalde sabe lo que es jugar en primera, y sabe manejarse con mucha solvencia, aquellos que los han entrevistado aseguran que “no le entra una bala”, pero aquí mostró la quijada sensible, siempre en léxico boxístico.

No fue knockout ni mucho menos pero le temblaron las piernas, y solo la falta de timing de Rosa Mauregui, quien desvío la conversación empecinada en hablarle solo a los propios, le devolvió algo de aire. Es verdad que las “boletas cortadas” no son un tema de los que afectan a los vecinos, pero en los debates se pone a prueba a los candidatos, y quizás era el momento de atacar por otro frente y no patear la pelota afuera. Un error lo tiene cualquiera.
Otro de los momentos destacados tuve lugar cuando debieron hablar de la Mar del Plata del futuro (o algo así), y ahí quedó en evidencia algo que venimos repitiendo desde hace tiempo: Montenegro no logra enhebrar un proyecto de ciudad, repite incansablemente un par de latiguillos que se vinculan más con lo coyuntural pero no transmite la sensación de querer ser parte de la construcción de la identidad marplatense de los próximos años.
Ninguno de los candidatos brilló en ese tópico, pero lo del alcalde fue llamativamente pobre. Quedó en evidencia aquello que se dijo muchas veces en la previa al cierre de listas en relación a que la cabeza del jefe comunal ya no está acá. Es difícil para el votante no depositar esperanzas en un futuro mejor, no solo pasa por el “laburo” o el turismo, se necesita ese intangible que moviliza alguna fibra que va más allá de lo obvio y repetido, y que Montenegro supo tocar hace tan solo 4 años. Aquel Guillermo parece que ya no existe.
En la noche del miércoles se vio un intendente en retirada pese a que es muy probable que logré la reelección, una imagen difícil de digerir de cara al futuro próximo, más aún si Juntos por el Cambio no logra imponerse ya sea en la provincia y/o en la elección nacional. Serán 4 años en el desierto. ¿Serán 4 años?.
Desde ya que lo expuesto es imparcial pero subjetivo, es decir es materia discutible.
Más allá de los detalles enumerados, el debate dejó poca tela para cortar, desde ya que asistiremos a 24 horas frenéticas de acusaciones cruzadas en torno a sueldos y declaraciones juradas, pero no mucho más que escándalos de tuiteros con ínfulas de influencers y partidarios cumpliendo su rol a rajatabla.
Ya quedó atrás la sorpresiva visita de Mauricio Macri eclipsada por el affaire de las boletas. Cómo verán mucho circo para tan pocos magos.
A nivel nacional las campañas están llegando a su fin y casi todas apelan al miedo: “la casta tiene miedo”, “las mafias tienen miedo” o “le tenemos miedo a Milei”.

El miedo es el sentimiento que se explota como propio o ajeno en este tramo final. Nada bueno pude salir del miedo. El miedo es una emoción natural que se caracteriza por experimentar una sensación desagradable e intensa ante la percepción de un peligro real o imaginario. La casta o las mafias (vaguedades propias de la mediocridad electoral) están en peligro gritan desaforados desde LLA o JxC, mientras que UxP expresa temor ante el peligro inminente por la llegada de aquellos que construyen con el miedo como estandarte, lo que en definitiva no es sino otra forma de generar miedo para capitalizarlo electoralmente. Todo demasiado intrincado cuando deberíamos estar pensando en cómo salir de una crisis real que exige respuestas reales más que manipulaciones psicológicas.
En LLA creen estar a un par de puntos de ganar en primera vuelta, algo que es casi imposible a menos que el domingo asistamos a una sorpresa de magnitud en la provincia de Buenos Aires. En UxP afirman estar cabeza a cabeza con Milei pero en números cercanos al 30%, algo que también pondría en carrera a JxC pese a que en el massismo dan a Bullrich fuera del juego. En Juntos por el Cambio creen, como en su momento lo creyó Larreta, que la suma de caras nuevas les dará el impulso final.
Pocas veces asistimos a un escenario electoral tan incierto. Casi todo puede pasar.
Desde esta modesta columna insistimos que de no mediar en nuestra ciudad una debacle abrupta de Bullrich el número mágico para el intendente será del 37%, quizás sea innecesario redoblar la apuesta a esta altura pero en este juego estamos y de este juego vivimos.
Llegó el momento del tan ansiado silencio: es el momento de reflexionar para luego concurrir a votar y ser parte de algo por lo que muchos lucharon durante mucho tiempo. Honremos a todos los que dieron incluso hasta su vida para permitirnos ser artífices de nuestro destino.
Tengan todo ustedes un gran domingo.