La interna de Juntos por el Cambio giró con rumbo a la moderación justo antes de estrellarse contra la realidad. Massa y Grabois intentan traducir en votos el legado del FDT. Javier Milei debe enfrentar las urnas.
Entramos en la última semana de campaña para las PASO. El próximo domingo millones de personas asumirán conscientes (o no tanto) su rol de ciudadanos y acudirán a las urnas a participar de las elecciones primarias abiertas simultáneas y obligatorias.
Es complejo explicar a un outsider que ni siquiera se siente un elector que el próximo domingo quizás su voto no defina nada pero que pese a ello es muy importante. Justamente la falta de protagonismo de muchos ciudadanos deriva en que muchos se pregunten ¿para qué?.
La política no supo explicar en todo este tiempo la importancia de contar con un mecanismo de selección de candidatos que favorezca la participación ciudadana. El respaldo popular debería garantizar mayor legitimidad del candidato ungido en la primaria. Las distintas visiones que se tienen en un determinado partido o coalición se contrastan en la campaña y la opción que reúne mayor respaldo es la que representará a esa fuerza política. Tiene lógica.
Muchas veces las estructuras llevan la discusión a lugares absurdos, de los que muchas veces cuesta volver sanos y salvos. Así comenzó la campaña de Juntos por el Cambio que con el correr de los días, y los resultados arrojados por los estudios cualitativos, fue virando al centro sin ocultar las matrices propios de cada propuesta.
Hace un mes era casi imposible imaginar un par de fotos de ambos presidenciables en la derrota o en el triunfo y sonaba disparatado plantear un “búnker” común. Lentamente la razón ganó a las pasiones desmedidas y todo parece indicar que el 14 de agosto será mucho menos dramático de lo imaginado para la principal coalición opositora.
Justamente en nuestra ciudad discuten por estas horas si es conveniente o no que exista un comando unificado de Juntos para esperar los resultados.
Las razones detrás del desencuentro no son tan importantes como el mensaje de unidad en una ciudad en dónde precisamente la unidad de Juntos por el Cambio fue el único valor expuesto en la campaña por la reelección de su alcalde.

Larreta y Bullrich visitaron la ciudad apoyando la candidatura de Guillermo Montenegro, Grindetti y Santilli hicieron propios los reclamos en relación a una supuesta discriminación para con nuestra ciudad y es indudable que las fuerzas en pugna trabajarán juntas luego del 13 de agosto: parece poco importante la intimidad en el momento del recuento ante el desafío que se viene en octubre.
Esos pequeños gestos distinguen los acuerdos políticos de los acuerdos electorales.
Los acuerdos políticos trascienden la coyuntura y los nombres propios, mientras que los acuerdos electorales se basan muchas veces en la conveniencia. Sería una buena señal que le hagan honor a la denominación de su coalición y esperen los resultados juntos. Seguramente primará el sentido común.
Sin intención de repetirnos, ambas campañas parecen estar cumpliendo sus objetivos.
Los partidarios del tándem Larreta – Santilli desplegaron en los últimos días un vistoso y esperable desarrollo territorial. El comando de campaña de la dupla Bullrich – Grindetti se apoyó en el radicalismo local para organizar un acto, que según los cercanos a Patricia fue “el más importante” realizado hasta ahora en la provincia. Es verdad que el radicalismo vernáculo pone mucho en juego: Maxi Abad puede llegar al senado de la Nación, algo que no ocurre con un radical bonaerense desde Raúl Alfonsín, y Diego Garciarena encabeza la lista de legisladores provinciales.
En definitiva, los actores locales de Juntos por el Cambio están a la altura de las circunstancias.
En la otra esquina nos encontramos con la primaria de Unión por la Patria que también cuenta con un denominador común en la candidatura local, ya que ambos precandidatos a presidentes apoyan a Fernanda Raverta y su “Encuentro Marplatense”.

Sergio Massa afronta una campaña imposible: hace malabares entre la inflación y el FMI desdibujando su candidatura. La postulación de Juan Grabois parecía ser testimonial, pero con el correr de las semanas fue tomando algún impulso y es indescifrable cómo se comportará el habitual votante Kirchnerista en el cuarto oscuro.
Cristina Kirchner al igual que Mauricio Macri no esconden sus predilecciones, pero hasta ahora no los han traducido en apoyos explícitos o excluyentes.
Ambos tienen motivaciones diferentes: CFK apuesta todas las sus fichas en la provincia de Buenos Aires, cree que evitando una derrota en territorio bonaerense el Kirchnerismo sobrevivirá más allá del resultado nacional. Mauricio Macri parece haber comprendido que su “legado” debe estar más allá de un resultado electoral, y más allá de los endosos respetuosos se mantuvo públicamente al margen (todos sabemos que en privado tuvo protagonismo). Por distintos motivos ambos se muestran prescindibles. Enhorabuena.
La Libertad Avanza juega su interna contra sus propios fantasmas. Si Javier Milei no supera el 15% su candidatura de desinflara inexorablemente, mientras que si supera el 20% sus chances para llegar a un ballotage serán reales. La deberá superar la especulación de los teóricos de la política y transformarse en un fenómeno electoral (no solo mediático).
Más allá de tanto palabrerío seguimos sin desanudar el embrollo en torno a las PASO.
El escenario de tercios parece que no será tal. Si existen tercios será por una baja participación del electorado.
Si la participación es baja los porcentajes crecen en relación a los votos válidos emitidos. No participar no es una actitud rebelde, es una irresponsabilidad. La política se aplaudirá a sí misma celebrando resultados inflados por un posible ausentismo, guarismos que incluso parecerán más importantes de lo que en realidad representan. Mirar para otro lado no es una opción.
Es comprensible que a muchos les importe poco una elección que define perfiles de coaliciones o candidatos que deberán volver a votar en octubre y quizás en noviembre, pero el sistema transformó a las PASO en una elección en sí misma, y la única forma de lograr construir un escenario electoral más o menos previsible es con un alto grado de participación y de responsabilidad.
Ya no es tiempo de encuestas o adivinanzas. Llegó la semana en la que nos debemos tomar un tiempo para pensar en el país que queremos. No importa cuál sea tu decisión, importa que te involucres. Todos ponemos mucho en juego, incluso cada uno de nosotros.
Un par de horas en la vida de un ciudadano pueden marcar el rumbo de muchos años de nuestra historia. Ese es el poder que tenemos a la hora de votar.
Hasta la próxima columna. Bienvenidos al juego de la democracia.