Muchos debieron abandonar las gambetas para afrontar, acaso, el partido más importante de sus vidas. En tanto, el futbol profesional permaneció ajeno a la irracionalidad de la guerra. La columna de Mario Gianotti.
Una vez, el querido Dario Gleriano, soldado en Malvinas, incansable luchador y defensor de los derechos de los combatientes en las islas, me contó que su sueño antes de la guerra era jugar en la primera división de Kimberley y luego en River Plate de AFA. Muchos, futboleros como él, debieron abandonar las gambetas para afrontar, acaso, el partido más importante de sus vidas. En tanto, el futbol profesional permaneció ajeno a la irracionalidad de la guerra y el campeonato se disputó como si nada estuviera pasando. Las botas a veces manchan la pelota o un ring, y la pena duele hasta las tripas.
En 1982 Juan Martín Látigo Coggi debutaba profesionalmente y Santos Benigno Falucho Laciar retenía con éxito la corona en su segunda defensa, esta vez frente al mexicano Juanito Herrera. Mefisto ganaba el Oscar de la Academia de Hollywood, el Papa Juan Pablo ll sobrevivía a su segundo atentado y Gabriel García Márquez obtenía el Nobel de literatura.
El viernes 2 de abril los títulos de los diarios anunciaban que tropas argentinas habían desembarcado en las Islas Malvinas.
La pelota no se detuvo y esa misma noche, tras entonar las estrofas del Himno Nacional, en cancha de Gimnasia y Tiro, Central Norte de Salta vencía 1 a 0 a Mariano Moreno de Junín.
El sábado 3 la revista El Gráfico ponía en tapa en una edición especial a Hugo Porta. Los Pumas bajo el nombre de Sudamérica XV lograban un triunfo histórico frente a Sudáfrica por 22 a 12. Porta había anotado todos los puntos argentinos.
En el margen inferior derecho una inolvidable referencia al combate entre nuestro Uby Sacco y la Pantera Horacio Saldaño, quien años después, veterano ya, declaraba con aire fraternal: «Pensar que a este mocoso, Uby, lo llevaba al circo, de pibe, y ahora me vapulea en público en el mismísimo Luna Park».

San Lorenzo de Almagro, por su parte, mantenía en el Monumental de Núñez su invicto en la divisional B tras empatar 0 a 0 con Lanús. El domingo 4 se jugó integra la primera fecha de las revanchas del torneo Nacional de fútbol. Boca y Huracán, en el partido más importante empataron 3 a 3. Para destacar: Newells goleaba 8 a 0 a Independiente Rivadavia, Vélez y Renato Cesarini igualaban 2 a 2, Guaraní Antonio Franco de Misiones lograba un valioso empate 2 a 2 ante Racing y River -Chicago repartían puntos sin abrir el marcador.
La pelota jamás dejó de rodar, a los sumo se camufló en un imaginario pozo de zorro y la selección argentina disputó como si nada hubiera ocurrido el Mundial en España.
En lo previo Daniel Passarella, capitán del equipo, anunciaba en un maratónico programa televisivo que condujeron Cacho Fontana y Pinky, que el plantel donaba 100 millones de pesos nuevos para el Fondo Patriótico y que disputarían un partido exhibición a beneficio de los soldados en Malvinas. Un muy joven Diego Maradona se solidarizaba con los combatientes y aseguraba que si lo convocaban para luchar lo haría sin dudarlo.

En Mar del Plata, el 12 de abril, la familia Gurrieri despedía a su hijo Ricardo, quien luego de hacer escala en Comodoro Rivadavia y Rio Gallegos, posaba sus pies en una isla lejana, inhóspita, desangelada.
Leo una maravillosa crónica periodística del prestigioso colega y amigo Alfredo Ves Losada y extraigo un párrafo que describe con exactitud un tiempo que nos congeló brutalmente el alma.
“Una luna frágil y hospitalaria lo recibió en Malvinas. El pibe que se soñaba Maestro Mayor de Obras en las aulas del Colegio Polivalente, descubría con temor que la muerte podía percibirse desde un pozo oscuro y aterrador. Cuando se siente el silbido de un proyectil -contaban los soldados- significa que pasa sobre tu propia cabeza, pero cuando deja de oírse es porque viene hacía uno”.
Fue el 25 de mayo, cerca del mediodía, cuando Ricardo le dijo al Vasco Isuribehere que iría a buscar el almuerzo para la sección. “Déjame a mí, que yo ya los conozco y puedo conseguir más comida”.
Pero una bomba explotó en el camino, una puta esquirla impactó en su cabeza y cayó de rodillas. Su cuerpo se desplomó lentamente, cayó solo, brutalmente solo. Sin la plaza cómplice que arengaba al genocida Galtieri, sin los imbéciles brabucones que exigían coraje desde sus cómodas casas a los pibes que peleaban en el Sur, sin los patéticos curas que bendecían armas y Generales, sin los goles cómplices que narraba José María Muñoz, sin las hipócritas y oportunistas demostraciones de afecto de los artistas afines a la dictadura que se despojaban de algunas de sus joyas para lavar sus culpas, sin las crónicas seudo periodísticas de los medios cómplices del gobierno de facto.
Escribo estas líneas con la sana intención de homenajear a nuestros héroes en Malvinas, escribo y no encuentro la palabra precisa, ni la oración perfecta que pueda trasmitir mi profunda admiración por ellos. Por los que cayeron en combate, por los que perdieron su vida tras el regreso. Siento vergüenza ajena por la desidia, la indiferencia y el olvido que ejercieron sobre nuestros héroes un puñado de milicos y gobernantes cobardes e insensibles y expreso mi repudio hacia los mal paridos que osaron estaquear a sus propios soldados.
Esta crónica anhela exaltar el respeto y el agradecimiento de todo un pueblo para aquellos soldados, muchos, que volvieron del mismísimo infierno y reconstruyeron su historia. Ayer ex soldados de Malvinas, hoy laburantes, profesionales, padres, hermanos, esposos, amigos.
“Si me pasa algo en la Malvinas, tus nietos me reemplazaran”– le había dicho Ricardo a su mamá antes de partir a las islas. Primer gesto valiente de un pibe que atrincheraba su pánico para salvaguardar el corazón de sus seres amados. El desarraigo, la despedida entre lagrimas y el temor a no volver a ver a su afectos, fueron tal vez las crudas imágenes a corazón abierto de un primer combate, primer cuerpo a cuerpo, sin balas, sin aviones, sin bombarderos.
A todos los soldados de Malvinas, a sus familiares, a sus amigos; a todos los pibes que no desearon una guerra y victimas ocasionales de una dictadura asesina, la padecieron. Soldados a quienes les debemos en gran parte el regreso a vivir en democracia. Héroes de carne y hueso, sencillos, sin oropeles, sin medallas ni galardones en su escasa o nula formación militar. Valientes, corajudos, soldados con piel adolescente, mirada de niño y temple de hombres sabios.
A 37 años de la gesta de Malvinas improviso un fraternal abrazo de gol para nuestros héroes quienes sin lugar a dudas fueron, son y serán irremplazables….
Mario Eduardo Giannotti