La visita de Patricia Bullrich modificó los planes de Guillermo Montenegro. Desde su entorno se esfuerzan en minimizar los daños. Mientras tanto en la provincia de Buenos Aires y a nivel nacional las coaliciones se esfuerzan por ordenar sus diferencias internas utilizando la figura de Javier Milei.
El sábado 24 de junio es quizás uno de los días más importantes en el calendario electoral pese que a la mayoría de los ciudadanos no lo sabe. La distancia que tomó la política de los electores fue pocas veces tan grosera. Parece una contradicción ya que muchos exegetas se esfuerzan en afirmar que los políticos nunca estuvieron tan cerca de sus potenciales votantes interpretando los algoritmos cual dogma de la postmodernidad, pero la realidad indica que esa cercanía es pura ficción. Todo es bastante más simple de lo que parece.
Tan simple es la ecuación que basta con aludir a juegos o mitos propios de nuestra niñez para interpretar este momento. En Mar del Plata, Guillermo Montenegro juega a las escondidas, aunque por momentos parece estar entrampado en la ronda del huevo podrido.
El intendente se define como un hombre de gestión, aunque es sabido que no le esquiva a la rosca tal como lo indican sus pergaminos. La interna del PRO parece una trituradora dispuesta destruir todo a su paso. Hasta la semana pasada Montenegro se mantuvo escondido intentando salir ileso de la cacería, pero la visita de Patricia Bullrich lo ubicó en un lugar de visibilidad que lo incomodó.
No hace falta conversar con su círculo íntimo, lo gestual habló por sí solo. La convocatoria de Bullrich fue pobre y el discurso desafortunado. Una puesta en escena que deja en evidencia que el abuso de las redes sociales y los recortes direccionados a determinados segmentos no hacen más que contribuir a la apatía del conjunto, son muchos los que quedan afuera de esa película. Es lógico que tan solo un puñado de fanáticos estén dispuestos a afirmar o aplaudir que la solución a nuestros problemas es dinamitar a determinada fuerza política. Un disparate que el alcalde legitimó con su presencia.
Montenegro había sido anfitrión de las visitas culinarias de Diego Santilli y Horacio Rodríguez Larreta, pero aquellos abrazos quedaron olvidados en el vértigo de TikTok una vez que bajó la espuma de la cerveza que simulaban degustar. Patricia Bullrich utiliza otra estrategia, cada frase que pronuncia es explosiva pese a que quizás su discurso sea casi tan vacío como sacarse una foto tomando una bebida.

Muchos afirman que Mauricio Macri está jugando fuerte. ¿Será ese el motivo que sacó de su zona de confort a Montenegro?. Quizás nunca lo sabremos. Lo cierto es que la jugada del intendente no fue gratis, y que casi en simultaneo se empezó a desplegar desde su entorno una especie de cerco protector, poniendo en duda sus intenciones de ir por la reelección. El más explícito fue su principal socio político, el radical Maximiliano Abad, quien afirmó sin titubeos que su partido apoyaría una reelección, pero competiría si el candidato es otro. Por otra parte, los concejales Fernando Muro y Agustín Neme empezaron a levantar su perfil combativo casi al ritmo que impone Bullrich.
Más allá de las demostraciones públicas, el intendente cuenta entre sus filas con un “ángel de la guarda” que con sus palabras y sus silencios permite anticipar algunos de sus movimientos. Por ahora solo ocupará ese rol de protector hasta que las urgencias lo demanden. En el juego de la interpretación podemos inferir que Guillermo Montenegro debería encabezar alguno de los tramos de la boleta, todavía es muy temprano para afirmar que ejercería un nuevo mandato al frente del Municipio.
Esta afirmación es producto de la lógica: solo la presencia de Montenegro lograría asegurar un caudal respetable de votos para el PRO en la 5ta sección, queda muy poco tiempo para “inventar” un sucesor (según susurran ninguno de los aspirantes a dar la sorpresa supera el 30% de conocimiento), y sus apetencias futuras para acceder a un cargo ministerial radican en la revalidación de su poder territorial. Tan simple como real. Por eso el intendente seguirá escondido mientras el calendario lo busca con cierta desesperación, esperando que nadie lo note distraído y le “tire el huevo podrido”.
Lo compulsa nacional y provincial no escapa a la sencillez de un mito también propio de nuestra infancia. El coco, cuco o cucuy es una criatura ficticia, caracterizado como asustador, con cuya presencia se amenaza a los niños que no quieren dormir. En este caso la amenaza no estaría destinada solo a los niños, sino que se extendería a todos los mayores de 16 años en condiciones de votar y a muchos dirigentes que pretenden tener injerencia en las próximas elecciones.
Por algún motivo el FDT y Juntos decidieron que sea Javier Milei el protagonista de la nueva versión del mito del cuco. El espanto irracional ante una supuesta elección aplastante del líder libertario marca el pulso de las editoriales, las declaraciones, muchos discursos y algunas decisiones. Entienden que el miedo servirá como disciplinador electoral.

Ante todo, deberíamos repasar que las incursiones territoriales de Milei se parecen más al desembarco de un participante de un “reality show” que a un mitin político medianamente respetable. La construcción en torno al mediático devenido en diputado excede lo racional.
Seguramente su discurso disruptivo logrará una buena recepción en un sector de una ciudadanía harta de promesas incumplidas, pero parece absurdo que la casta se empecine en darle la razón actuando como tal.
Hasta aquí no hubo una sola elección en la que los candidatos libertarios hayan escapado al fracaso, y tal es así practicante decidieron bajarse de las disputas locales. En otras palabras, La Libertad Avanza no ha logrado avanzar en un armado político que le permita soñar con la presidencia. La centralidad porteña sobreexpone sus excentricidades en base a las necesidades del rating y otros dirigentes se cuelgan de sus interacciones para acercarse a su público.
Allí radica la lógica del cuco: ante la imposibilidad de tejer acuerdos y elaborar propuestas, se apela al miedo. Incluso aquellos que dicen descreer de las encuestas (es increíble como la fe influye entre los que se auto perciben escépticos) apelan a dudosos estudios cuantitativos para aventurar un escenario de paridad en un esquema de tercios.
Ante la repetición, son muchos los niños que se van a dormir sin resistencia o sin que sea necesaria la insistencia o persuasión de los adultos, solo como resultado del temor que se les inculcó, y es allí cuando la autoridad de los padres queda en un segundo plano, puesto que ya no duermen porque sus padres así lo indican sino que lo hacen porque le tienen miedo al cuco.
El efecto miedo (cual juego de niños) serviría puertas adentro de las coaliciones, ya que ante la posibilidad (real o no) que una tercera fuerza rompa con la comodidad de la grieta puede que algunos dejen de lado su voluntad y se dejen ganar por el temor, como les ocurre a esos niños que se duermen temprano. En este supuesto no hay lugar para la ideología, la coherencia o los proyectos de país o provincia, solo los unirá el espanto a perder sus privilegios.
Pero como dijimos, esta centralidad del cuco es un arma de doble filo. Frente a una sociedad harta, descreída, preocupada e incluso triste puede que, de tanto insistir con este personaje, los votantes lo empiecen a ver como un tipo que viene a patear el hormiguero, una especie de escarmiento para los culpables de sus penurias.
Por ahora, muchos dirigentes lo utilizan. Quizás deberían rever la estrategia antes que la ciudadanía sea los que los mande a dormir a ellos.
Faltan menos de 60 días: algunos seguirán escondidos al menos por un tiempo y otros continuarán apelando al cuco para enderezar sus cuentas pendientes. Mientras tanto la inmensa mayoría de la sociedad ni siquiera registra este absurdo ataque de nostalgia.
Ya estamos grandes para juegos de niños.